lunes, 13 de febrero de 2017

Una mezcla de imaginación y Kintsugi


Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970) es autor de los libros de poemas Diario de la anemia y Fermentaciones (Olifante, 2000), Fundido en negro (DVD Ediciones, 2007, premio Hermanos Argensola), Frecuencias (Visor, 2012, premio Ciudad de Burgos) y Contra las cosas redondas (La Bella Varsovia, 2016), libro del que vamos a hablar hoy. Además de haber sido incluido en numerosas antologías, sus poemas han sido traducidos a idiomas como el portugués, griego, armenio, rumano, búlgaro, croata, inglés, árabe y gallego.

Contra las cosas redondas está compuesto por treinta y cinco poemas, agrupados en cinco secciones. La primera de ellas, «Ante», se abre con el poema «Credenciales», en el cual, a modo de presentación, Jiménez Domínguez se sitúa frente a la ventana, lugar que le corresponde al poeta, y comienza con su observación:

«Me gusta, cada mañana, abrir la ventana de par
en par como una postal hecha de papel de arroz.
Bajar al mundo y hallar que todo está en su sitio:
la invitación de los caminos, el verde de los semáforos,
el escarabajo que hace rodar el sol por la montaña,
la fruta dentro de sus fundas nuevas, en todas partes la luz.

[…]»
O como bien dice en «Café solo»:

«Dios hizo el mundo y lo hizo con premura,
pero los poetas, sin moverse de sus casas,
inflamados, coronados por lenguas de fuego,
tiritando de soledad y de frío en la madrugada,
lo mantienen en continuo funcionamiento.
[…]»
Como bien indican sus poemas, Jesús Jiménez Domínguez es un observador que no teme intervenir, un hacedor, un inventor, coge la luz, los animales, los árboles y con ello crea una realidad alternativa y la desenvuelve en una épica de la imaginación (no sé si esta expresión tiene algún sentido, pero la compro), y es que el poeta recoge la realidad para romperla y recomponerla con la masa de las imágenes imprevistas, uniendo referentes lejanos y generando un impacto profundo en el lector, como se va demostrando cada vez más a medida que avanza el libro.

En la segunda parte, titulada «Cabe», el poeta se acerca a la muerte y al paso de tiempo. A la primera la contrapone a un juego de niños:

«Nos gustaba jugar dentro del viejo coche fúnebre,
un Renault Caronte del año sesenta y tres.
Su triste figura bajo el cielo inclemente,
su chapa negra picoteada por el sol y los pájaros,
sus ruedas llenas de algas y de caracoles
de tanto viajar por los cinco ríos del Hades.
[…]»
Y al acercarse al tiempo, se acerca a la historia, a sus poetas, y también a su poesía:

«[…]
La Joven bibliotecaria, muerta de aburrimiento,
se distrae haciendo girar en los números del fechador.
Hay tanta vitalidad en el más inocente de sus gestos
es tan larga la línea del amor en la palma de su mano,
que acaso su pequeña máquina del tiempo
podría accidentalmente resucitarnos:
a la pálida poesía, a ella misma y a mí».
 

Vemos en todo el libro a un poeta meticuloso, minucioso, preciso y con un dominio total de la técnica. Se adentra en los detalles, los pervierte y de esa perversión obtiene las imágenes potentes que van llenando «sus visiones». Pienso en el Kintsugi, ese arte japonés que consiste en recomponer cerámicas rotas uniendo sus piezas con una pasta de oro. Digamos (perdón por esto) que los poemas de Jesús Jiménez Domínguez son un poco así, la búsqueda (y el encuentro) de una estética extraordinaria sobre un relato aparentemente cotidiano.

En la tercera parte, «Cabe», encontramos que el poeta trata constantemente de trascender la realidad, de ver más allá. En este ejercicio de profundidad horizontal me recuerda en algunos casos a Roberto Juarroz (en otro plano, algo menos metafísico y existencial), quien en alguno de sus poemas se preguntaba cómo hacer un ramo con la rosa del cuadro, la rosa del libro y la rosa del jarrón. Pienso en él al leer «Bodegón», en el que Jiménez Domínguez, observando, efectivamente, un bodegón, se pregunta:

«[…]
¿Qué sucederá cuando los cubiertos caigan
al suelo con su blanco relámpago de metal,
cuando la fruta eche a rodar atravesando los siglos
hasta este instante que ya no es tuyo ni mío,
cuando la leche se derrame —pálida y fría—
borrándolo súbita, desesperadamente todo?»
Justo a continuación tenemos un ejemplo perfecto de cómo funciona esta épica de la imaginación (perdonadme de nuevo, perdonadme siempre) de la que hablaba, y de cómo acaba por conformar un relato en cierto modo fantástico a partir de un cuadro (mostrado a continuación):

«Es tan afilado el bisturí del doctor Tulp que, además del cadáver, ha diseccionado por error también esta parte del cuadro.
Entre los tendones del brazo sin vida brotan algunas hilachas de lienzo que el maestro cirujano —pese al manual de Vesalio De Humani Corporis Fabrica— no sabe a ciencia cierta identificar. Por si fuera poco, junto a las venas rojas del sistema sanguíneo, asoman los cables verdes y amarillos del sistema de seguridad.
[…]»
Tulp Poesía Literarura 

En la cuarta parte, «Con», Jiménez Domínguez vuelve la vista hacia sí mismo, deja por un momento la ventana (aunque la mira de reojo, la comprueba, como hace también con el álbum de fotos familiar) y observa, entre otras cosas, su «Cuerpo»:

«En esta bolsa de viaje, madre, guardaste
lo necesario: una mente, un estómago y un sexo.
Nervios y bronquios. Riñones: dos por si acaso.
Con unas pinzas de cocina, del más grande
al más pequeño, fuiste introduciendo los huesos.
Para que no se soltaran y golpearan en las vueltas
del camino los anudaste con tendones y venas,
los envolviste primorosamente de tejidos y músculos.
Terminada la tarea, dejaste un corazón
al cuidado de todo: esta es mi herencia, hijo,
no la derroches; aunque escasa, habrá de bastarte.

[…]»
En la última parte, «Contra», nos encontramos el poema que da nombre al libro «Contra las cosas redondas»:

«Amamos las cosas redondas pensando
que han de ser eternas y amables y perfectas:
el pomelo bajo el rotundo sol de agosto,
la pulsera que orbita alrededor del pulso,
la moneda con dos caras y ninguna cruz,
el balón de playa en cuyo interior aún se respira
un paciente aire de mil novecientos ochenta y dos.
[…]»
Pero también varios poemas turísticos, un par de ellos dedicados a Roma, otro a Oporto, y también un poema, el final, dedicado a los grillos (y a Dios, su creador):

«[…]
Tocad, tocad, les grito bajo las estrellas
y las ruedas dentadas del oscuro engranaje.
Mostradnos ya la partitura de todo esto.
Interpretad la banda sonora original
que se os confió en el inicio de los tiempos
y solo así podremos bajar el telón,
solo así conseguiremos dormir.
[…]»
Contra las cosas redondas es, aunque le pese al autor (que no lo creo, claro), un libro redondo y rotundo, también amable, muy bien escrito, divertido y sorprendente. Quizá llamar épica de la imaginación a lo que hace Jesús Jimenez Domínguez no sea acertado y sea un exceso mío, vosotros diréis, pero yo me quedo con eso, con ese chorro de imágenes fantásticas, con esa realidad retorcida que los lectores, inocentes, no podemos más que admirar con sorpresa y fascinación.

DIEGO ÁLVAREZ MIGUEL
revista Oculta, 02-02-2017

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