lunes, 10 de febrero de 2014
lunes, 27 de enero de 2014
Poemas para la revista "Prisma"
En el nº 19 (diciembre de 2013) de la revista "Prisma", editada por la Fundación Internacional Jorge Luis Borges y dirigida desde Buenos Aires por Claudia M. Capel y María Kodama, aparece una serie de poemas míos junto a textos de Olga Khokhlova, José María Zonta, Hugo Morales Solá, Pablo Queralt, Juanfran Molina, Claudia M. Capel y el mismo Jorge Luis Borges.
Uno de esos poemas míos incluidos es "La cepa que asciende hacia la luz", perteneciente a Fundido en negro (DVD, Barcelona, 2008), libro hoy descatalogado.
LA CEPA QUE ASCIENDE HACIA LA LUZ
(CINCO KOAN)¿Qué único río posee sólo una orilla?
¿Dónde guarda la niebla todos sus kimonos?
¿Qué ruido hace la fruta que cae en la isla desierta?
¿Es blanca la nieve en la oscuridad de la noche?
¿Qué mantra les fue entregado a las abejas
que hoy zumban en el jardín de invierno?
―Muchas son las preguntas, maestro Sozan,
que acuden a posarse en mi copa de vino.
―Bebe tranquilo, Seizei; pues todas las preguntas
cuelgan del mismo racimo.
―Maestro, ilumíname:
tengo todas las uvas, pero no tengo el racimo.
lunes, 20 de enero de 2014
Quarto de Hóspedes
Quarto de Hóspedes (Ed. Lingua Morta, Lisboa, 2013) es una pequeña apuesta por acercar la poesía portuguesa y española. Tengo en ella el honor de participar junto a nombres como Miguel Martins, Heitor Ferraz Mello, Ernesto Pérez Vallejo, José Manuel Teixeira da Silva, António Barahona, Roger Wolfe, Frederico Pedreira, Joan Margarit, José Ángel Cilleruelo, Fernando Pinto do Amaral, Josep M. Rodríguez, Vasco Gato, João Almeida, Carlos Poças Falcão, Jorge Roque, António Gregório, Luis Manuel Gaspar, Nunes da Rocha, Rui Nunes, Rui Baião, José Carlos Soares, Renata Correia Botelho, Nuno Moura, Elena Medel, Luís Filipe Parrado, Fabiano Calixto, Abel Neves, Margarida Vale de Gato, Diogo Vaz Pinto, Luna Miguel, Paulo Tavares, Rui Pires Cabral, Luís Quintais, David Teles Pereira, Jaime Rocha, Hélia Correia, A. M. António Manuel Pires Cabral, Luis Alberto de Cuenca, Miguel-Manso y Rui Caeiro.
Mis agradecimientos al editor Diogo Vaz Pinto y a mi traductor Luís Filipe Parrado, que ha vertido a su idioma este poema mío, inédito hasta la fecha. Lo dejo tal cual, en portugués:
Mis agradecimientos al editor Diogo Vaz Pinto y a mi traductor Luís Filipe Parrado, que ha vertido a su idioma este poema mío, inédito hasta la fecha. Lo dejo tal cual, en portugués:
AUTO-RETRATO
Gosto muito, de ao acordar, abrir a janela de par
em par como um postal japonés de papel de arroz.
Descer ao mundo e confirmar que tudo está como debe:
o toldo limpo do céu, a erva, o sol e as formigas.
Tudo em completa ordem, perfeitamente disposto
como no início de uma partida de xadrez:
à minha direita, o lado direito, o outro à minha esquerda
e eu avançando no meio de tudo, Peão Quatro Rei.
Quando vou a teu lado raramente vou comigo:
sou o que volta atrás enrolando o caminho,
o que desmonta o cenário pedra a pedra,
as árvores folha a folha, os instantes um a um.
O que varre os cravos empalidecidos da estreia.
O que apaga a luz ao sair pela porta dos fundos.
Do porvir sei o que devo: depois da tromba
virá o resto do elefante, arrasando-o completamente.
Ao pasado não peço contas,
faltam-lhe dedos para as fazer todas.
As coisas que vão ficando para trás
fazen-se mais e mais pequenas - cada vez mais.
Amável, a nostalgia emprestar-te-á a sua lupa
de coleccionador se a quiseres ver bem.
Quanto ao resto sou talvez o último ramo
de uma árvore genealógica com temor do inverno.
Aquela que não dá rebentos, nem sombra, nem pássaros.
O que me reserva a vida? Não sei.
As cerejas vêm em pares, duas
a duas, juntas, e cabem na minha boca.
Os dias, surgindo um a um, enchem
as margens do coração e transbordam-no.
lunes, 13 de enero de 2014
La luminosa memoria
La casa
amarilla
Julio Espinosa
Pre-Textos, 2013
Decía Jorge Luis Borges que “somos nuestra
memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de
espejos rotos”. Innumerables son los autores que, a lo largo de la historia,
han cimentado toda su arquitectura poética sobre esa memoria fundacional, hasta
el punto de definir la poesía como “el arte de la memoria ante la perspectiva
de la muerte” (Antonio Gamoneda). Aunque inexacta o falible,
la memoria es la única máquina del tiempo de que disponemos para remontarnos
hasta los días lejanos y luminosos de la infancia. Si viajamos con frecuencia a
ese paraíso perdido es acaso porque, como Leopoldo María Panero creía entender,
“en la
infancia vivimos y luego sobrevivimos”. Sin detenerme a evaluar el alcance de
tal afirmación, uno se atreve a asegurar que la memoria es, con todo, una herramienta de supervivencia.
Felizmente
galardonado con el Premio “Villa de Cox” y editado por Pre-Textos, La casa amarilla de Julio Espinosa
Guerra es un impecable y delicado viaje en el tiempo por los terrenos
pantanosos del olvido. Su objetivo último no es otro que el rescate de la
memoria familiar. En consecuencia, su poesía tiene más visos de reconocimiento
que de conocimiento. Reconocimiento póstumo de la figura del padre y memoria
instrumental del
autor para inmortalizarla: “Porque el más bello muerto es el que sigue
respirando en la arruga de un papel”.
El poeta circunscribe esa memoria a un
territorio, a un hogar, a esa “casa amarilla”. Sin embargo, los hechos que se
vislumbran en ese espacio cuasi mitológico aparecen fragmentados en sensaciones
sueltas, en detalles deshilachados que no permiten componer una escena total ni
parecen remitir a un contexto totalizador. ¿Por qué? Quizás porque, como apunta
Sergio Gaspar en la cita inaugural del libro,
“vivimos todo pero contamos sus fragmentos”.
Más
fragmentos del espejo roto: “Es 1979. Tengo cinco años. No entiendo muy bien lo
que ocurre, pero algo ocurre”. Una sombra desasosegante y omnipresente parece
recorrer todo el poemario, amenazando con sofocar la luz protectora del hogar.
Uno de los aciertos del libro es justamente ese: no atribuirle forma concreta a
esa amenaza, no ponerle cara ni nombre al monstruo de la opresión dictatorial.
Como sabe bien cualquier gran maestro del género de terror, el miedo sin rostro
es un miedo todavía más atroz y penetrante.
No voy a descubrir nada nuevo si afirmo que el
amarillo tiene en el libro de Julio Espinosa una obvia carga simbólica: es el
color de la luz, del entendimiento, de la memoria, de las viejas fotografías que
palidecen. Pero también es el color de la fiebre, del poder y de la ira. Porque
la casa amarilla podría ser igualmente una Chile manchada por la bilis y las
luces inquisidoras de los helicópteros militares que sobrevuelan los recuerdos
del autor.
En medio de esa atmósfera inquietante, la figura
del padre se alza siempre tierna y apaciguadora: el padre es el sosiego y la
armonía frente a la furia y la desproporción de la dictadura militar. Es la
paciencia personificada, esa presencia que talla figuras, que construye y que
escribe en contraposición a una barbarie colectiva que oprime, devasta y
destruye.
El régimen dictatorial que le tocó vivir tempranamente
a nuestro autor se había servido del olvido para deshabilitar la memoria
histórica y reescribir el pasado reciente. De alguna manera, con este poemario,
Julio torna a reescribir ya no la historia de un país, sino la intrahistoria de
una familia, sus pequeños gestos cotidianos. Es decir, la historia de las
gentes “sin historia” y que sirve de “decorado” a la Historia con mayúscula. Y
lo hace en un tiempo verbal que resulta muy sintomático: el presente, puesto
que el presente resulta cercano y vivaz como el recuerdo subjetivamente lo es.
“La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”,
escribió Dylan Thomas. O lo que es lo mismo, pero trasvasado al mundo personal
de Julio Espinosa: “las
pequeñas uvas rosadas siguen creciendo en mi memoria”, “la bicicleta sigue
estrellándose en el limonero”, “y
la piedra que voló para quitarle de una sola vez los dientes de leche a Carlos,
sigue suspendida en el aire, zumbando”.
En La casa
amarilla volvemos a redescubrir los pequeños tesoros cotidianos de la ya
lejana geografía familiar: texturas, colores, olores, sabores. Todo se huele,
se palpa y se degusta. Escribe el poeta: “todo es claro cuando vemos con los
ojos del asombro”. Recuperar esa mirada asombrada de entonces, pero desde la
experiencia y la madurez de hoy, ha sido el gran desafío inicial de este libro,
todo un reto cumplido.
Ahora bien, si los anteriores libros de Julio (NN y Sintaxis
asfalto) estaban recorridos por una inquietud acerca del lenguaje y del
propio acto de escribir, en La casa
amarilla esta preocupación apenas se vislumbra en la última parte del
libro: “Un poema es un lugar y ese lugar, que suele ser una casa con su puerta,
su recibidor, sus habitaciones, sus pasillos, basta para volver a ver a los
ojos a los seres amados, que ya no viven más que en los recovecos de otra casa
llena de bifurcaciones: no la memoria, sino su plagio”.
Acaso Julio Espinosa nos ofrece su mejor
poemario hasta la fecha. Con toda seguridad es el más intimista, el más cálido,
el más próximo al lector. Su prosa poética (tan rica en matices e imágenes
plásticas, tan arropada por un ritmo arrullador y cuidadamente estudiado) nos
invita a observar la vida como lo que es: un regalo sagrado que no puede ni
debe ser arrebatado por la fuerza de los hombres más allá de la fuerza telúrica
y mágica de la naturaleza.
JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
Revista Clarín, nº 108. Noviembre-Diciembre de 2013.
lunes, 6 de enero de 2014
Cosecha poética de 2013
1- Miniaturas de tiempos venideros. Poesía rumana contemporánea, VV.AA. (Vaso Roto). Edición bilingüe de Catalina Iliescu Gheorghiu.
2- El mundo no se acaba, Charles Simic (Vaso Roto). Edición bilingüe de Jordi Doce.
3- Retrovisor. Poemas elegidos 1992-2012, Martín López-Vega (Papeles Mínimos).
4- Lo que dijimos nos persigue, Nikola Madzirov (Pre-Textos). Traducción de Yolanda Castaño y Marija Petrovska. Prólogo de Josep M. Rodríguez.
5- Aurora, Lêdo Ivo (Pre-Textos). Traducción de Martín López-Vega.
6- Vivo en lo invisible, Ray Bradbury (Salto de Página). Traducción y prólogo de Ariadna G. García y Ruth Guajardo González.
7- Mis padres: Romeo y Julieta, Pablo Fidalgo Lareo (Pre-Textos).
8- Después de Spicer, Dolan Mor (Aduana Vieja).
9- Balada para Metka Krašovec, Tomaž Šalamun (Vaso Roto). Traducción de Xavier Farré.
10- 31 poemas, David Mayor (Pre-Textos).
11- La casa amarilla, Julio Espinosa Guerra (Pre-Textos).
12- Circo unipersonal, Charles Simic (¡Arre!). Traducción de Martín López-Vega.
Cosechas
anteriores:
2011: El fugitivo, Jesús Aguado (Vaso Roto).
2010: El gran número, Fin y principio y otros poemas, Wislawa Szymborska (Hiperión, 5ª edición). Edición de Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal.
2009: La voz a las tres de la madrugada, Charles Simic (DVD ediciones). Traducción y prólogo de Martín López-Vega.
lunes, 23 de diciembre de 2013
Presentación de "Autopsia", de Miguel Serrano Larraz
Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977) se dio a conocer con el libro de relatos Órbita (ed. Candaya), que lo colocó en la primera línea de los escritores de su generación. Ahora viene a presentarnos Autopsia (también en Candaya), una novela que tiene algo de retrato colectivo de la primera generación que tuvo acceso a Internet y amplió los mitos privados para hacerlos públicos. Una reflexión sobre la culpa, sobre la venganza, sobre la paternidad.
La presentación del libro tendrá lugar el viernes 27 de diciembre, a las 20:00 h. en el Fórum de Fnac Plaza España (Zaragoza). Acompañarán al autor en el acto Jesús Jiménez Domínguez y Jesús García Caballero.
lunes, 16 de diciembre de 2013
Frecuencias armenias
Por segunda vez, Siranush Karapetyan ha traducido mis poemas al armenio para el periódico literario "Exegan Pox". En esta ocasión, los poemas elegidos son del libro Frecuencias (Visor, 2012): "Frecuencias de onda corta", "Tierra de topos", "The crack in the cup of tea" y "Paréntesis a una cita de Peter Handke". Sumamente agradecido.
lunes, 9 de diciembre de 2013
lunes, 2 de diciembre de 2013
Vida severa, vida serena
Resulta evidente que los años no
han conseguido doblegar al poeta indómito e inconformista que siempre ha sido
Ángel Guinda. Todo lo contrario. Cuando otros poetas de su generación han
buscado con el discurrir del tiempo la misma postura cómoda para sus poemas que
para sus cansados huesos, Guinda parece haber hecho oídos sordos a los cantos
de sirena de los reconocimientos públicos, rehuyendo una probable poética más
suavizada o amable con el lector.
Este (Rigor
vitae), tal cual, amortajado por sus paréntesis, o “crueldad de la vida”,
como gusta de explicar el mismo autor, es la prueba bien palpable de que el
poeta ha entrado en una suerte de abatimiento íntimo para bien de su poesía,
pero en detrimento de su propia paz personal.
Si habitualmente se ha tildado su
poesía de existencialista, en este su último libro el tizne es ya, si cabe,
todavía más oscuro, negrísimo. Conviven en el libro aquel unamuniano
sentimiento trágico de la vida y un padecimiento cívico por el prójimo que
sufre cruelmente la turbonada de estos tiempos tan opacos y deshumanizados. Sin
embargo, convendría diferenciar en su poesía un existencialismo a la manera de
Heidegger (es decir, marcado por un firme pesimismo) y un existencialismo,
menos angustioso, con base en Sartre.
En efecto, igual que lo hacía
Heidegger, Guinda considera al ser humano como yecto en una realidad abyecta,
es decir, arrojado a un mundo sórdido conforme a una existencia que le ha sido
impuesta sin previo aviso. En resumidas cuentas, el hombre ha sido abandonado a
un callejón sin salida, a un designio fatal: hemos nacido para morir. Así lo
dice el poeta en uno de sus versos: “Una lápida oprime mi feroz resistir”.
Sin embargo, el Guinda sartreano asoma no pocas veces cuando
contempla al ser humano ya no sólo como yecto,
sino como pro-yecto. Es decir,
arrojado hacia delante, llamado a la acción, hacia el futuro de sus propios
actos. Y si algo hay en la poesía de Ángel Guinda es reacción y acción,
activismo cívico en pos del respeto y de la igualdad social: “─¡La realidad mata! ¡Tumbad la
realidad!”, exclama en uno de sus poemas. Así, frente a una realidad opresora y
despótica, el poeta deviene en un insumiso, en un insurgente, se erige en una
voz en constante levantamiento: “¡Soy el hombre tornillo!// (¡Voy captando tornillos!)//
Clavos, tornillos, ya:/ ¡lancémonos en tromba contra el mazo!)”.
Por tanto, podría decirse que
estamos ante un existencialismo de tintes “optimistas” al considerar que todos
tenemos un proyecto íntimo que cumplir, por inalcanzable o quimérico que
parezca: “Puedo acarrear una carga treinta veces superior a mi peso.// Agotado
por el aplastamiento, levanto las persianas de la duda.// ¡Me asomaré a la
ventana de las utopías!”
Al fin y al cabo, el
existencialismo de (Rigor vitae) es
profundamente humanista. No valora a la humanidad por la excelencia de alguno
de sus miembros, ni por la supuesta bondad de la humanidad en su conjunto. Es
humanismo por declarar que no existe otro legislador que no sea el hombre
mismo, por afirmar la libertad y la necesidad de trascender la situación, de
superarse a sí mismo, por reivindicar el ámbito de lo humano como el único
ámbito al que el hombre pertenece.
En lo formal, mención aparte
requiere esa imaginería de corte expresionista que hay en (Rigor vitae), esa deformación de la realidad para expresar de
manera más subjetiva la naturaleza del ser humano. Obviamente, no se imita la
realidad, sino que se marcha contra ella retorciéndola y desfigurándola hasta
el extremo, mostrando su aspecto más terrible y descarnado, enfatizando
aspectos como lo siniestro, lo macabro y lo grotesco. Y todo ello acompañado,
claro está, de un tono crudo, inflamable y por momentos casi apocalíptico.
En pocos libros como en (Rigor vitae) he asistido a tanta desatada exclamación de ira, a
tanta imprecación furiosa, a tanto grito inconformista: “─¡Eh, vosotros, hipopótamos con
frac; orangutanes con pajarita, hienas con tacones de aguja; tenias adictas a
la ambición! ¡Sí, vosotros: acercaos más, más! ¡Me rajaré el vientre,
desenrollaré mis intestinos, los enroscaré a vuestro cuello y os estrangularán
como serpientes!”
Otro efecto de su dinámico
lenguaje expresionista es el simultaneísmo, la percepción del espacio y el
tiempo como algo subjetivo, heterogéneo, atomizado, inconexo. Y todo ello hace
de sus poemas una representación simultánea de imágenes y acontecimientos.
Consciente de la decadencia de la
sociedad en que vivimos y su necesidad de renovarse, Ángel Guinda utiliza no
pocas veces un tono idealista y utópico cuando no profético. Un cierto
mesianismo propugna otorgar un nuevo sentido a la vida, una regeneración del
ser humano, una mayor fraternidad universal.
Para alborozo de todos cuantos le
leemos, Ángel Guinda sigue creyendo firmemente en la facultad de la palabra
para alterar y dar un vuelco a un sistema bestialmente injusto con los más
necesitados, con los que menos tienen. Su palabra poética es una salvadora
venganza contra el poder que nos oprime y nos aliena, pero a la vez una
coartada ante la desaparición que la muerte nos tiene reservada a cada uno de
nosotros.
JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
Ángel
Guinda, (Rigor vitae), Zaragoza, Olifante,
2013
lunes, 25 de noviembre de 2013
Identidad y lenguaje en Dolan Mor
Cuentan que la primera vez que el escritor José Régio, impulsor e ideólogo del segundo modernismo portugués,
tenía pensado encontrarse con Fernando Pessoa, éste apareció, como de
costumbre, con algunas horas de retraso, declarando ser Álvaro de Campos y
disculpando a Pessoa por no haber podido acudir a la cita. Es bien sabido que
Pessoa llegó a fabricarse nada menos
que setenta y dos heterónimos a lo largo de su vida; pero quizás Ophélia
Queiroz, quien en algún momento mantuvo una relación amorosa con alguno de esos
72 Pessoas, le regaló el más significativo: Ferdinand Personne. En francés, el
sustantivo “personne” significa “persona”, pero también, como pronombre
indefinido, «nadie». De alguna manera, el poeta portugués, al haber creado tantísimas
personalidades literarias, había matado al yo o, cuando menos, lo había hecho
desaparecer tragado por la multitud.
Algo así parece haberse propuesto el cubano Dolan Mor con
su sempiterno proyecto poético que ahora, felizmente, se recopila en Poemas míos escritos por otros (Aduana
Vieja, Valencia, 2012). El título es casi un remedo, un guiño o un homenaje a
aquellas versiones en euskera de poesía universal que fue Izkiriaturik aurkitu ditudan ene poemak (Poemas míos que he encontrado ya escritos, Pamiela, 1985) de Joseba
Sarrionandia.
La obra de Dolan Mor parte del subterfugio de la
heteronimia para intentar asaltar diferentes espacios poéticos que tienen en el
enigma de la identidad y en la indagación del lenguaje dos de sus cuestiones
más destacables.
Desde su mismo título, Poemas míos escritos por otros parece
obedecer a la sentencia rimbaudiana de “Yo es otro” y resulta, por extensión,
producto de la fascinación por la máscara autoral, por los juegos especulares
(en Espejo Basho los poemas pueden
leerse como reflejados en el azogue), por la confusión entre realidad y
ficción, por el ocultismo y el esoterismo, por el encriptamiento y el
desentrañamiento del lenguaje.
Si los dos primeros libros de Mor (El plagio de Bosternag y Seda para tu cuello) arremetían contra
un falso malditismo abusando de la amplificación –habitualmente irónica- de
voces miméticas como, por ejemplo, las de Antonin Artaud o Leopoldo María
Panero, los tres siguientes (Nabokov’s
Butterflies, Los poemas clonados de Anny Bould y El libro bipolar) se abren camino hacia
un ciclo más narrativo, donde el teleobjetivo del francotirador paródico se cierne
sobre aquellos que intentan imitar en vano el realismo norteamericano con
raíces en Raymond Carver, Bukowski y la mal asimilada literatura beat.
Por el contrario, La novia de Wittgenstein y El
idiota entre las hierbas inauguran una etapa que denominaríamos “del
lenguaje”. En el primero de esos libros, de evidente calado metapoético, el
autor deja a un lado el recurso de la ironía hacia terceros para indagar en la
propia naturaleza poética. Es un único y larguísimo poema fragmentado de más de
setecientos versos que redunda en pensamientos filosóficos y lingüísticos (a la
sombra están Jakobson, Blanchot, Saussure, Heidegger, Derridá, Barthes o
Aristóteles) y que, finalmente, parece rendirse a la dictadura del silencio, es
decir, a ese último orden totalitario que amortaja al propio lenguaje poético.
El
idiota entre las hierbas, aun siendo quizás el
libro más autobiográfico del autor, conquista nuevas cotas de
experimentación. Dolan Mor termina de arrojar la última palada de tierra sobre
esas leyes aristotélicas que plantean cómo debe ser un poema y qué material es
susceptible de usarse en su construcción. Pero además de romper con los
géneros, Mor acaba con las reglas ortográficas y gramaticales, juega
desenfrenadamente con las aliteraciones (“de labio velosino belo al vino”, “la
venia de venal vamos vejuino”, “labro en liebre la libra de oro”), inventa
nuevos vocablos (“gardeniano”, “clitoral”, “celdanieve”, “trasgueado”), forja
identidades imposibles cercanas a la cosificación o el animismo, altera las
fronteras temporales y especiales, etc. En resumen, un prodigio de libertad y de
valentía en el libre uso de materiales.
En los restantes “libros del lenguaje” (Inversiones, Música Enchiniadis, Espejo
Basho, La motonieve, Bajo los tilos, Cámara doble y La dispersión)
el autor aún parece ir más allá de las posibilidades: los poemas ya no sólo se
leen sino que además se miran.
Asistimos a un despliegue de artefactos poético-visuales donde el grafismo
cobra un sentido extra: grafías árabes, chinas y japonesas conviven con
escrituras especulares y poemas que se leen al revés, de abajo a arriba y de
derecha a izquierda.
Poemas
míos escritos por otros se cierra con El
pabellón dorado, que anuncia una nueva etapa hacia un ciclo “del
pensamiento”. Son poemas más contenidos, más simbólicos, afinados y purificados
por una ligera brisa zen, y donde se alude al destino fatal del ser humano.
Cabe suponer que los siguientes poemarios de Dolan Mor caminarán por esa senda.
Aguardaremos, y espero que no mucho.
Decía el escritor, editor y crítico literario Maurice
Nadeau que “la poesía no necesita de caballeros que busquen cortejarla, sino de
jovenzuelos dispuestos a violarla”. Y esta misma cita que otro outsider, el poeta peruano Mario
Montalbetti, tomó prestada para su revista Nubetonta
como declaración de intenciones, serviría también a nuestro poeta cubano. A
estas alturas el lector ya ha podido percatarse de que Dolan Mor intenta algo
parecido: violar, quebrantar, desordenar (con el mismo orden metódico y
sistemático de cualquier científico) las reglas poéticas desde el lenguaje y la
anonimia. Al fin y al cabo, parece moverle la misma acuciante curiosidad del
niño que destripa su caballito de cartón para ver de qué está hecho su
interior.
En este sentido, Poemas míos escritos por otros tiene
mucho, muchísimo que enseñarnos. Hay ahí un proyecto de obra total tan
ambicioso como brillante. Sin duda, una de las más grandes y arriesgadas
empresas poéticas de este tiempo. Así me parece verlo.
Dolan Mor, Poemas míos escritos por
otros, Valencia, Aduana Vieja, 2012
(reseña publicada en el nº 108 de Turia, pag. 453)
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