lunes, 13 de enero de 2014

La luminosa memoria


La casa amarilla
Julio Espinosa
Pre-Textos, 2013
 
Decía Jorge Luis Borges que “somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos”. Innumerables son los autores que, a lo largo de la historia, han cimentado toda su arquitectura poética sobre esa memoria fundacional, hasta el punto de definir la poesía como “el arte de la memoria ante la perspectiva de la muerte” (Antonio Gamoneda). Aunque inexacta o falible, la memoria es la única máquina del tiempo de que disponemos para remontarnos hasta los días lejanos y luminosos de la infancia. Si viajamos con frecuencia a ese paraíso perdido es acaso porque, como Leopoldo María Panero creía entender, “en la infancia vivimos y luego sobrevivimos”. Sin detenerme a evaluar el alcance de tal afirmación, uno se atreve a asegurar que la memoria es, con todo, una herramienta de supervivencia.
 
Felizmente galardonado con el Premio “Villa de Cox” y editado por Pre-Textos, La casa amarilla de Julio Espinosa Guerra es un impecable y delicado viaje en el tiempo por los terrenos pantanosos del olvido. Su objetivo último no es otro que el rescate de la memoria familiar. En consecuencia, su poesía tiene más visos de reconocimiento que de conocimiento. Reconocimiento póstumo de la figura del padre y memoria instrumental del autor para inmortalizarla: “Porque el más bello muerto es el que sigue respirando en la arruga de un papel”.
 
El poeta circunscribe esa memoria a un territorio, a un hogar, a esa “casa amarilla”. Sin embargo, los hechos que se vislumbran en ese espacio cuasi mitológico aparecen fragmentados en sensaciones sueltas, en detalles deshilachados que no permiten componer una escena total ni parecen remitir a un contexto totalizador. ¿Por qué? Quizás porque, como apunta Sergio Gaspar en la cita inaugural del libro,  “vivimos todo pero contamos sus fragmentos”.
 
Más fragmentos del espejo roto: “Es 1979. Tengo cinco años. No entiendo muy bien lo que ocurre, pero algo ocurre”. Una sombra desasosegante y omnipresente parece recorrer todo el poemario, amenazando con sofocar la luz protectora del hogar. Uno de los aciertos del libro es justamente ese: no atribuirle forma concreta a esa amenaza, no ponerle cara ni nombre al monstruo de la opresión dictatorial. Como sabe bien cualquier gran maestro del género de terror, el miedo sin rostro es un miedo todavía más atroz y penetrante.
 
No voy a descubrir nada nuevo si afirmo que el amarillo tiene en el libro de Julio Espinosa una obvia carga simbólica: es el color de la luz, del entendimiento, de la memoria, de las viejas fotografías que palidecen. Pero también es el color de la fiebre, del poder y de la ira. Porque la casa amarilla podría ser igualmente una Chile manchada por la bilis y las luces inquisidoras de los helicópteros militares que sobrevuelan los recuerdos del autor.
 
En medio de esa atmósfera inquietante, la figura del padre se alza siempre tierna y apaciguadora: el padre es el sosiego y la armonía frente a la furia y la desproporción de la dictadura militar. Es la paciencia personificada, esa presencia que talla figuras, que construye y que escribe en contraposición a una barbarie colectiva que oprime, devasta y destruye.
 
El régimen dictatorial que le tocó vivir tempranamente a nuestro autor se había servido del olvido para deshabilitar la memoria histórica y reescribir el pasado reciente. De alguna manera, con este poemario, Julio torna a reescribir ya no la historia de un país, sino la intrahistoria de una familia, sus pequeños gestos cotidianos. Es decir, la historia de las gentes “sin historia” y que sirve de “decorado” a la Historia con mayúscula. Y lo hace en un tiempo verbal que resulta muy sintomático: el presente, puesto que el presente resulta cercano y vivaz como el recuerdo subjetivamente lo es. “La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque aún no ha tocado el suelo”, escribió Dylan Thomas. O lo que es lo mismo, pero trasvasado al mundo personal de Julio Espinosa: “las pequeñas uvas rosadas siguen creciendo en mi memoria”, “la bicicleta sigue estrellándose en el limonero”, “y la piedra que voló para quitarle de una sola vez los dientes de leche a Carlos, sigue suspendida en el aire, zumbando”.
 
En La casa amarilla volvemos a redescubrir los pequeños tesoros cotidianos de la ya lejana geografía familiar: texturas, colores, olores, sabores. Todo se huele, se palpa y se degusta. Escribe el poeta: “todo es claro cuando vemos con los ojos del asombro”. Recuperar esa mirada asombrada de entonces, pero desde la experiencia y la madurez de hoy, ha sido el gran desafío inicial de este libro, todo un reto cumplido.
 
Ahora bien, si los anteriores libros de Julio (NN y Sintaxis asfalto) estaban recorridos por una inquietud acerca del lenguaje y del propio acto de escribir, en La casa amarilla esta preocupación apenas se vislumbra en la última parte del libro: “Un poema es un lugar y ese lugar, que suele ser una casa con su puerta, su recibidor, sus habitaciones, sus pasillos, basta para volver a ver a los ojos a los seres amados, que ya no viven más que en los recovecos de otra casa llena de bifurcaciones: no la memoria, sino su plagio”.
 
Acaso Julio Espinosa nos ofrece su mejor poemario hasta la fecha. Con toda seguridad es el más intimista, el más cálido, el más próximo al lector. Su prosa poética (tan rica en matices e imágenes plásticas, tan arropada por un ritmo arrullador y cuidadamente estudiado) nos invita a observar la vida como lo que es: un regalo sagrado que no puede ni debe ser arrebatado por la fuerza de los hombres más allá de la fuerza telúrica y mágica de la naturaleza.
 
JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
Revista Clarín, nº 108. Noviembre-Diciembre de 2013.

lunes, 6 de enero de 2014

Cosecha poética de 2013


1- Miniaturas de tiempos venideros. Poesía rumana contemporánea, VV.AA. (Vaso Roto). Edición bilingüe de Catalina Iliescu Gheorghiu.
2- El mundo no se acaba, Charles Simic (Vaso Roto). Edición bilingüe de Jordi Doce.
3- Retrovisor. Poemas elegidos 1992-2012, Martín López-Vega (Papeles Mínimos).
4- Lo que dijimos nos persigue, Nikola Madzirov (Pre-Textos). Traducción de Yolanda Castaño y Marija Petrovska. Prólogo de Josep M. Rodríguez.
5- Aurora, Lêdo Ivo (Pre-Textos). Traducción de Martín López-Vega.
6- Vivo en lo invisible, Ray Bradbury (Salto de Página). Traducción y prólogo de Ariadna G. García y Ruth Guajardo González.
7- Mis padres: Romeo y Julieta, Pablo Fidalgo Lareo (Pre-Textos).
8- Después de Spicer, Dolan Mor (Aduana Vieja).
9- Balada para Metka Krašovec, Tomaž Šalamun (Vaso Roto). Traducción de Xavier Farré.
10- 31 poemas, David Mayor (Pre-Textos).
11- La casa amarilla, Julio Espinosa Guerra (Pre-Textos).
12- Circo unipersonal, Charles Simic (¡Arre!). Traducción de Martín López-Vega.


Cosechas anteriores:
 
2012: Poesía completa, Zbigniew Herbert (Lumen). Traducción de Xaverio Ballester.
2011: El fugitivo, Jesús Aguado (Vaso Roto).
2010: El gran número, Fin y principio y otros poemas, Wislawa Szymborska (Hiperión, 5ª edición). Edición de Maria Filipowicz-Rudek y Juan Carlos Vidal.
2009: La voz a las tres de la madrugada, Charles Simic (DVD ediciones). Traducción y prólogo de Martín López-Vega.

lunes, 23 de diciembre de 2013

Presentación de "Autopsia", de Miguel Serrano Larraz


Miguel Serrano Larraz (Zaragoza, 1977) se dio a conocer con el libro de relatos Órbita (ed. Candaya), que lo colocó en la primera línea de los escritores de su generación. Ahora viene a presentarnos Autopsia (también en Candaya), una novela que tiene algo de retrato colectivo de la primera generación que tuvo acceso a Internet y amplió los mitos privados para hacerlos públicos. Una reflexión sobre la culpa, sobre la venganza, sobre la paternidad.
 
La presentación del libro tendrá lugar el viernes 27 de diciembre, a las 20:00 h. en el Fórum de Fnac Plaza España (Zaragoza). Acompañarán al autor en el acto Jesús Jiménez Domínguez y Jesús García Caballero.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Frecuencias armenias

Por segunda vez, Siranush Karapetyan ha traducido mis poemas al armenio para el periódico literario "Exegan Pox". En esta ocasión, los poemas elegidos son del libro Frecuencias (Visor, 2012): "Frecuencias de onda corta", "Tierra de topos", "The crack in the cup of tea" y "Paréntesis a una cita de Peter Handke". Sumamente agradecido.

lunes, 9 de diciembre de 2013

lunes, 2 de diciembre de 2013

Vida severa, vida serena








Resulta evidente que los años no han conseguido doblegar al poeta indómito e inconformista que siempre ha sido Ángel Guinda. Todo lo contrario. Cuando otros poetas de su generación han buscado con el discurrir del tiempo la misma postura cómoda para sus poemas que para sus cansados huesos, Guinda parece haber hecho oídos sordos a los cantos de sirena de los reconocimientos públicos, rehuyendo una probable poética más suavizada o amable con el lector.

 Este (Rigor vitae), tal cual, amortajado por sus paréntesis, o “crueldad de la vida”, como gusta de explicar el mismo autor, es la prueba bien palpable de que el poeta ha entrado en una suerte de abatimiento íntimo para bien de su poesía, pero en detrimento de su propia paz personal.

Si habitualmente se ha tildado su poesía de existencialista, en este su último libro el tizne es ya, si cabe, todavía más oscuro, negrísimo. Conviven en el libro aquel unamuniano sentimiento trágico de la vida y un padecimiento cívico por el prójimo que sufre cruelmente la turbonada de estos tiempos tan opacos y deshumanizados. Sin embargo, convendría diferenciar en su poesía un existencialismo a la manera de Heidegger (es decir, marcado por un firme pesimismo) y un existencialismo, menos angustioso, con base en Sartre.

En efecto, igual que lo hacía Heidegger, Guinda considera al ser humano como yecto en una realidad abyecta, es decir, arrojado a un mundo sórdido conforme a una existencia que le ha sido impuesta sin previo aviso. En resumidas cuentas, el hombre ha sido abandonado a un callejón sin salida, a un designio fatal: hemos nacido para morir. Así lo dice el poeta en uno de sus versos: “Una lápida oprime mi feroz resistir”.

Sin embargo, el Guinda sartreano asoma no pocas veces cuando contempla al ser humano ya no sólo como yecto, sino como pro-yecto. Es decir, arrojado hacia delante, llamado a la acción, hacia el futuro de sus propios actos. Y si algo hay en la poesía de Ángel Guinda es reacción y acción, activismo cívico en pos del respeto y de la igualdad social: “¡La realidad mata! ¡Tumbad la realidad!”, exclama en uno de sus poemas. Así, frente a una realidad opresora y despótica, el poeta deviene en un insumiso, en un insurgente, se erige en una voz en constante levantamiento: “¡Soy el hombre tornillo!// (¡Voy captando tornillos!)// Clavos, tornillos, ya:/ ¡lancémonos en tromba contra el mazo!)”.

Por tanto, podría decirse que estamos ante un existencialismo de tintes “optimistas” al considerar que todos tenemos un proyecto íntimo que cumplir, por inalcanzable o quimérico que parezca: “Puedo acarrear una carga treinta veces superior a mi peso.// Agotado por el aplastamiento, levanto las persianas de la duda.// ¡Me asomaré a la ventana de las utopías!”

Al fin y al cabo, el existencialismo de (Rigor vitae) es profundamente humanista. No valora a la humanidad por la excelencia de alguno de sus miembros, ni por la supuesta bondad de la humanidad en su conjunto. Es humanismo por declarar que no existe otro legislador que no sea el hombre mismo, por afirmar la libertad y la necesidad de trascender la situación, de superarse a sí mismo, por reivindicar el ámbito de lo humano como el único ámbito al que el hombre pertenece.

En lo formal, mención aparte requiere esa imaginería de corte expresionista que hay en (Rigor vitae), esa deformación de la realidad para expresar de manera más subjetiva la naturaleza del ser humano. Obviamente, no se imita la realidad, sino que se marcha contra ella retorciéndola y desfigurándola hasta el extremo, mostrando su aspecto más terrible y descarnado, enfatizando aspectos como lo siniestro, lo macabro y lo grotesco. Y todo ello acompañado, claro está, de un tono crudo, inflamable y por momentos casi apocalíptico.

 En pocos libros como en (Rigor vitae) he asistido a tanta desatada exclamación de ira, a tanta imprecación furiosa, a tanto grito inconformista: “¡Eh, vosotros, hipopótamos con frac; orangutanes con pajarita, hienas con tacones de aguja; tenias adictas a la ambición! ¡Sí, vosotros: acercaos más, más! ¡Me rajaré el vientre, desenrollaré mis intestinos, los enroscaré a vuestro cuello y os estrangularán como serpientes!”

Otro efecto de su dinámico lenguaje expresionista es el simultaneísmo, la percepción del espacio y el tiempo como algo subjetivo, heterogéneo, atomizado, inconexo. Y todo ello hace de sus poemas una representación simultánea de imágenes y acontecimientos.

Consciente de la decadencia de la sociedad en que vivimos y su necesidad de renovarse, Ángel Guinda utiliza no pocas veces un tono idealista y utópico cuando no profético. Un cierto mesianismo propugna otorgar un nuevo sentido a la vida, una regeneración del ser humano, una mayor fraternidad universal.

Para alborozo de todos cuantos le leemos, Ángel Guinda sigue creyendo firmemente en la facultad de la palabra para alterar y dar un vuelco a un sistema bestialmente injusto con los más necesitados, con los que menos tienen. Su palabra poética es una salvadora venganza contra el poder que nos oprime y nos aliena, pero a la vez una coartada ante la desaparición que la muerte nos tiene reservada a cada uno de nosotros.

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
Ángel Guinda, (Rigor vitae), Zaragoza, Olifante, 2013
(reseña publicada en el nº 108 de Turia, pág. 446)

lunes, 25 de noviembre de 2013

Identidad y lenguaje en Dolan Mor









Cuentan que la primera vez que el escritor José Régio, impulsor e ideólogo del segundo modernismo portugués, tenía pensado encontrarse con Fernando Pessoa, éste apareció, como de costumbre, con algunas horas de retraso, declarando ser Álvaro de Campos y disculpando a Pessoa por no haber podido acudir a la cita. Es bien sabido que Pessoa llegó a fabricarse nada menos que setenta y dos heterónimos a lo largo de su vida; pero quizás Ophélia Queiroz, quien en algún momento mantuvo una relación amorosa con alguno de esos 72 Pessoas, le regaló el más significativo: Ferdinand Personne. En francés, el sustantivo “personne” significa “persona”, pero también, como pronombre indefinido, «nadie». De alguna manera, el poeta portugués, al haber creado tantísimas personalidades literarias, había matado al yo o, cuando menos, lo había hecho desaparecer tragado por la multitud.

Algo así parece haberse propuesto el cubano Dolan Mor con su sempiterno proyecto poético que ahora, felizmente, se recopila en Poemas míos escritos por otros (Aduana Vieja, Valencia, 2012). El título es casi un remedo, un guiño o un homenaje a aquellas versiones en euskera de poesía universal que fue Izkiriaturik aurkitu ditudan ene poemak (Poemas míos que he encontrado ya escritos, Pamiela, 1985) de Joseba Sarrionandia.

La obra de Dolan Mor parte del subterfugio de la heteronimia para intentar asaltar diferentes espacios poéticos que tienen en el enigma de la identidad y en la indagación del lenguaje dos de sus cuestiones más destacables.

            Desde su mismo título, Poemas míos escritos por otros parece obedecer a la sentencia rimbaudiana de “Yo es otro” y resulta, por extensión, producto de la fascinación por la máscara autoral, por los juegos especulares (en Espejo Basho los poemas pueden leerse como reflejados en el azogue), por la confusión entre realidad y ficción, por el ocultismo y el esoterismo, por el encriptamiento y el desentrañamiento del lenguaje.

Si los dos primeros libros de Mor (El plagio de Bosternag y Seda para tu cuello) arremetían contra un falso malditismo abusando de la amplificación –habitualmente irónica- de voces miméticas como, por ejemplo, las de Antonin Artaud o Leopoldo María Panero, los tres siguientes (Nabokov’s Butterflies, Los  poemas clonados de Anny Bould y El libro bipolar) se abren camino hacia un ciclo más narrativo, donde el teleobjetivo del francotirador paródico se cierne sobre aquellos que intentan imitar en vano el realismo norteamericano con raíces en Raymond Carver, Bukowski y la mal asimilada literatura beat.

Por el contrario, La novia de Wittgenstein y El idiota entre las hierbas inauguran una etapa que denominaríamos “del lenguaje”. En el primero de esos libros, de evidente calado metapoético, el autor deja a un lado el recurso de la ironía hacia terceros para indagar en la propia naturaleza poética. Es un único y larguísimo poema fragmentado de más de setecientos versos que redunda en pensamientos filosóficos y lingüísticos (a la sombra están Jakobson, Blanchot, Saussure, Heidegger, Derridá, Barthes o Aristóteles) y que, finalmente, parece rendirse a la dictadura del silencio, es decir, a ese último orden totalitario que amortaja al propio lenguaje poético.

El idiota entre las hierbas, aun siendo quizás el libro más autobiográfico del autor, conquista nuevas cotas de experimentación. Dolan Mor termina de arrojar la última palada de tierra sobre esas leyes aristotélicas que plantean cómo debe ser un poema y qué material es susceptible de usarse en su construcción. Pero además de romper con los géneros, Mor acaba con las reglas ortográficas y gramaticales, juega desenfrenadamente con las aliteraciones (“de labio velosino belo al vino”, “la venia de venal vamos vejuino”, “labro en liebre la libra de oro”), inventa nuevos vocablos (“gardeniano”, “clitoral”, “celdanieve”, “trasgueado”), forja identidades imposibles cercanas a la cosificación o el animismo, altera las fronteras temporales y especiales, etc. En resumen, un prodigio de libertad y de valentía en el libre uso de materiales.

En los restantes “libros del lenguaje” (Inversiones, Música Enchiniadis, Espejo Basho, La motonieve, Bajo los tilos, Cámara doble y La dispersión) el autor aún parece ir más allá de las posibilidades: los poemas ya no sólo se leen sino que además se miran. Asistimos a un despliegue de artefactos poético-visuales donde el grafismo cobra un sentido extra: grafías árabes, chinas y japonesas conviven con escrituras especulares y poemas que se leen al revés, de abajo a arriba y de derecha a izquierda.

Poemas míos escritos por otros se cierra con El pabellón dorado, que anuncia una nueva etapa hacia un ciclo “del pensamiento”. Son poemas más contenidos, más simbólicos, afinados y purificados por una ligera brisa zen, y donde se alude al destino fatal del ser humano. Cabe suponer que los siguientes poemarios de Dolan Mor caminarán por esa senda. Aguardaremos, y espero que no mucho.

Decía el escritor, editor y crítico literario Maurice Nadeau que “la poesía no necesita de caballeros que busquen cortejarla, sino de jovenzuelos dispuestos a violarla”. Y esta misma cita que otro outsider, el poeta peruano Mario Montalbetti, tomó prestada para su revista Nubetonta como declaración de intenciones, serviría también a nuestro poeta cubano. A estas alturas el lector ya ha podido percatarse de que Dolan Mor intenta algo parecido: violar, quebrantar, desordenar (con el mismo orden metódico y sistemático de cualquier científico) las reglas poéticas desde el lenguaje y la anonimia. Al fin y al cabo, parece moverle la misma acuciante curiosidad del niño que destripa su caballito de cartón para ver de qué está hecho su interior.

            En este sentido, Poemas míos escritos por otros tiene mucho, muchísimo que enseñarnos. Hay ahí un proyecto de obra total tan ambicioso como brillante. Sin duda, una de las más grandes y arriesgadas empresas poéticas de este tiempo. Así me parece verlo.


JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
 Dolan Mor, Poemas míos escritos por otros, Valencia, Aduana Vieja, 2012
(reseña publicada en el nº 108 de Turia, pag. 453)

lunes, 18 de noviembre de 2013

Wei Yin Wu... (un poema de José María Zonta)


WEI YIN WU…

…calculó que en el siglo VIII acabaría el mundo.
Recogió agua y alimento para seis días
y subió a la montaña.
Al verlo le preguntaron:
–¿Por qué guardas si el mundo acabará?
–El mundo es terco,
estoy seguro que en diez días regresará.
–¿Y dónde estaremos mientras no haya mundo?...
–Cada quien en su casa, sin salir,
bajo riesgo de caer en la nada.
–¿Y los que no tienen casa?
–Si todavía hay gente sin casa
en este tiempo de palacios,
tal vez no merecemos que el mundo regrese.

lunes, 11 de noviembre de 2013

El arte de correr (Dan Pagis)








EL ARTE DE CORRER
(UN POEMA DE DAN PAGIS)

La soledad
del corredor de distancias cortas.

Su respiración alcanza sólo
la mitad del recorrido.

Sólo sus huellas
le siguen con devoción.

¡Venga! Dos rivales y no más:
la pierna derecha y la pierna izquierda.

No hay ganador, ni perdedor.
Puedes pararte a descansar,

irte a casa o, si lo deseas,
seguir corriendo.


[Versión al castellano: JJD]

lunes, 4 de noviembre de 2013

Catedral (Joseph Stroud)


CATEDRAL
(UN POEMA DE JOSEPH STROUD)

Puse la concha boca abajo y esperé a que saliera
el caracol. Tengo mucho que aprender de la paciencia.
Ya no me pregunto adónde marchó el amor
o por qué las noches son tan largas. Issa dice
que las palabras hallarán un camino en la página,
abrirán una senda hacia la mañana.



[Versión al castellano: JJD]