lunes, 2 de diciembre de 2013

Vida severa, vida serena








Resulta evidente que los años no han conseguido doblegar al poeta indómito e inconformista que siempre ha sido Ángel Guinda. Todo lo contrario. Cuando otros poetas de su generación han buscado con el discurrir del tiempo la misma postura cómoda para sus poemas que para sus cansados huesos, Guinda parece haber hecho oídos sordos a los cantos de sirena de los reconocimientos públicos, rehuyendo una probable poética más suavizada o amable con el lector.

 Este (Rigor vitae), tal cual, amortajado por sus paréntesis, o “crueldad de la vida”, como gusta de explicar el mismo autor, es la prueba bien palpable de que el poeta ha entrado en una suerte de abatimiento íntimo para bien de su poesía, pero en detrimento de su propia paz personal.

Si habitualmente se ha tildado su poesía de existencialista, en este su último libro el tizne es ya, si cabe, todavía más oscuro, negrísimo. Conviven en el libro aquel unamuniano sentimiento trágico de la vida y un padecimiento cívico por el prójimo que sufre cruelmente la turbonada de estos tiempos tan opacos y deshumanizados. Sin embargo, convendría diferenciar en su poesía un existencialismo a la manera de Heidegger (es decir, marcado por un firme pesimismo) y un existencialismo, menos angustioso, con base en Sartre.

En efecto, igual que lo hacía Heidegger, Guinda considera al ser humano como yecto en una realidad abyecta, es decir, arrojado a un mundo sórdido conforme a una existencia que le ha sido impuesta sin previo aviso. En resumidas cuentas, el hombre ha sido abandonado a un callejón sin salida, a un designio fatal: hemos nacido para morir. Así lo dice el poeta en uno de sus versos: “Una lápida oprime mi feroz resistir”.

Sin embargo, el Guinda sartreano asoma no pocas veces cuando contempla al ser humano ya no sólo como yecto, sino como pro-yecto. Es decir, arrojado hacia delante, llamado a la acción, hacia el futuro de sus propios actos. Y si algo hay en la poesía de Ángel Guinda es reacción y acción, activismo cívico en pos del respeto y de la igualdad social: “¡La realidad mata! ¡Tumbad la realidad!”, exclama en uno de sus poemas. Así, frente a una realidad opresora y despótica, el poeta deviene en un insumiso, en un insurgente, se erige en una voz en constante levantamiento: “¡Soy el hombre tornillo!// (¡Voy captando tornillos!)// Clavos, tornillos, ya:/ ¡lancémonos en tromba contra el mazo!)”.

Por tanto, podría decirse que estamos ante un existencialismo de tintes “optimistas” al considerar que todos tenemos un proyecto íntimo que cumplir, por inalcanzable o quimérico que parezca: “Puedo acarrear una carga treinta veces superior a mi peso.// Agotado por el aplastamiento, levanto las persianas de la duda.// ¡Me asomaré a la ventana de las utopías!”

Al fin y al cabo, el existencialismo de (Rigor vitae) es profundamente humanista. No valora a la humanidad por la excelencia de alguno de sus miembros, ni por la supuesta bondad de la humanidad en su conjunto. Es humanismo por declarar que no existe otro legislador que no sea el hombre mismo, por afirmar la libertad y la necesidad de trascender la situación, de superarse a sí mismo, por reivindicar el ámbito de lo humano como el único ámbito al que el hombre pertenece.

En lo formal, mención aparte requiere esa imaginería de corte expresionista que hay en (Rigor vitae), esa deformación de la realidad para expresar de manera más subjetiva la naturaleza del ser humano. Obviamente, no se imita la realidad, sino que se marcha contra ella retorciéndola y desfigurándola hasta el extremo, mostrando su aspecto más terrible y descarnado, enfatizando aspectos como lo siniestro, lo macabro y lo grotesco. Y todo ello acompañado, claro está, de un tono crudo, inflamable y por momentos casi apocalíptico.

 En pocos libros como en (Rigor vitae) he asistido a tanta desatada exclamación de ira, a tanta imprecación furiosa, a tanto grito inconformista: “¡Eh, vosotros, hipopótamos con frac; orangutanes con pajarita, hienas con tacones de aguja; tenias adictas a la ambición! ¡Sí, vosotros: acercaos más, más! ¡Me rajaré el vientre, desenrollaré mis intestinos, los enroscaré a vuestro cuello y os estrangularán como serpientes!”

Otro efecto de su dinámico lenguaje expresionista es el simultaneísmo, la percepción del espacio y el tiempo como algo subjetivo, heterogéneo, atomizado, inconexo. Y todo ello hace de sus poemas una representación simultánea de imágenes y acontecimientos.

Consciente de la decadencia de la sociedad en que vivimos y su necesidad de renovarse, Ángel Guinda utiliza no pocas veces un tono idealista y utópico cuando no profético. Un cierto mesianismo propugna otorgar un nuevo sentido a la vida, una regeneración del ser humano, una mayor fraternidad universal.

Para alborozo de todos cuantos le leemos, Ángel Guinda sigue creyendo firmemente en la facultad de la palabra para alterar y dar un vuelco a un sistema bestialmente injusto con los más necesitados, con los que menos tienen. Su palabra poética es una salvadora venganza contra el poder que nos oprime y nos aliena, pero a la vez una coartada ante la desaparición que la muerte nos tiene reservada a cada uno de nosotros.

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
Ángel Guinda, (Rigor vitae), Zaragoza, Olifante, 2013
(reseña publicada en el nº 108 de Turia, pág. 446)

lunes, 25 de noviembre de 2013

Identidad y lenguaje en Dolan Mor









Cuentan que la primera vez que el escritor José Régio, impulsor e ideólogo del segundo modernismo portugués, tenía pensado encontrarse con Fernando Pessoa, éste apareció, como de costumbre, con algunas horas de retraso, declarando ser Álvaro de Campos y disculpando a Pessoa por no haber podido acudir a la cita. Es bien sabido que Pessoa llegó a fabricarse nada menos que setenta y dos heterónimos a lo largo de su vida; pero quizás Ophélia Queiroz, quien en algún momento mantuvo una relación amorosa con alguno de esos 72 Pessoas, le regaló el más significativo: Ferdinand Personne. En francés, el sustantivo “personne” significa “persona”, pero también, como pronombre indefinido, «nadie». De alguna manera, el poeta portugués, al haber creado tantísimas personalidades literarias, había matado al yo o, cuando menos, lo había hecho desaparecer tragado por la multitud.

Algo así parece haberse propuesto el cubano Dolan Mor con su sempiterno proyecto poético que ahora, felizmente, se recopila en Poemas míos escritos por otros (Aduana Vieja, Valencia, 2012). El título es casi un remedo, un guiño o un homenaje a aquellas versiones en euskera de poesía universal que fue Izkiriaturik aurkitu ditudan ene poemak (Poemas míos que he encontrado ya escritos, Pamiela, 1985) de Joseba Sarrionandia.

La obra de Dolan Mor parte del subterfugio de la heteronimia para intentar asaltar diferentes espacios poéticos que tienen en el enigma de la identidad y en la indagación del lenguaje dos de sus cuestiones más destacables.

            Desde su mismo título, Poemas míos escritos por otros parece obedecer a la sentencia rimbaudiana de “Yo es otro” y resulta, por extensión, producto de la fascinación por la máscara autoral, por los juegos especulares (en Espejo Basho los poemas pueden leerse como reflejados en el azogue), por la confusión entre realidad y ficción, por el ocultismo y el esoterismo, por el encriptamiento y el desentrañamiento del lenguaje.

Si los dos primeros libros de Mor (El plagio de Bosternag y Seda para tu cuello) arremetían contra un falso malditismo abusando de la amplificación –habitualmente irónica- de voces miméticas como, por ejemplo, las de Antonin Artaud o Leopoldo María Panero, los tres siguientes (Nabokov’s Butterflies, Los  poemas clonados de Anny Bould y El libro bipolar) se abren camino hacia un ciclo más narrativo, donde el teleobjetivo del francotirador paródico se cierne sobre aquellos que intentan imitar en vano el realismo norteamericano con raíces en Raymond Carver, Bukowski y la mal asimilada literatura beat.

Por el contrario, La novia de Wittgenstein y El idiota entre las hierbas inauguran una etapa que denominaríamos “del lenguaje”. En el primero de esos libros, de evidente calado metapoético, el autor deja a un lado el recurso de la ironía hacia terceros para indagar en la propia naturaleza poética. Es un único y larguísimo poema fragmentado de más de setecientos versos que redunda en pensamientos filosóficos y lingüísticos (a la sombra están Jakobson, Blanchot, Saussure, Heidegger, Derridá, Barthes o Aristóteles) y que, finalmente, parece rendirse a la dictadura del silencio, es decir, a ese último orden totalitario que amortaja al propio lenguaje poético.

El idiota entre las hierbas, aun siendo quizás el libro más autobiográfico del autor, conquista nuevas cotas de experimentación. Dolan Mor termina de arrojar la última palada de tierra sobre esas leyes aristotélicas que plantean cómo debe ser un poema y qué material es susceptible de usarse en su construcción. Pero además de romper con los géneros, Mor acaba con las reglas ortográficas y gramaticales, juega desenfrenadamente con las aliteraciones (“de labio velosino belo al vino”, “la venia de venal vamos vejuino”, “labro en liebre la libra de oro”), inventa nuevos vocablos (“gardeniano”, “clitoral”, “celdanieve”, “trasgueado”), forja identidades imposibles cercanas a la cosificación o el animismo, altera las fronteras temporales y especiales, etc. En resumen, un prodigio de libertad y de valentía en el libre uso de materiales.

En los restantes “libros del lenguaje” (Inversiones, Música Enchiniadis, Espejo Basho, La motonieve, Bajo los tilos, Cámara doble y La dispersión) el autor aún parece ir más allá de las posibilidades: los poemas ya no sólo se leen sino que además se miran. Asistimos a un despliegue de artefactos poético-visuales donde el grafismo cobra un sentido extra: grafías árabes, chinas y japonesas conviven con escrituras especulares y poemas que se leen al revés, de abajo a arriba y de derecha a izquierda.

Poemas míos escritos por otros se cierra con El pabellón dorado, que anuncia una nueva etapa hacia un ciclo “del pensamiento”. Son poemas más contenidos, más simbólicos, afinados y purificados por una ligera brisa zen, y donde se alude al destino fatal del ser humano. Cabe suponer que los siguientes poemarios de Dolan Mor caminarán por esa senda. Aguardaremos, y espero que no mucho.

Decía el escritor, editor y crítico literario Maurice Nadeau que “la poesía no necesita de caballeros que busquen cortejarla, sino de jovenzuelos dispuestos a violarla”. Y esta misma cita que otro outsider, el poeta peruano Mario Montalbetti, tomó prestada para su revista Nubetonta como declaración de intenciones, serviría también a nuestro poeta cubano. A estas alturas el lector ya ha podido percatarse de que Dolan Mor intenta algo parecido: violar, quebrantar, desordenar (con el mismo orden metódico y sistemático de cualquier científico) las reglas poéticas desde el lenguaje y la anonimia. Al fin y al cabo, parece moverle la misma acuciante curiosidad del niño que destripa su caballito de cartón para ver de qué está hecho su interior.

            En este sentido, Poemas míos escritos por otros tiene mucho, muchísimo que enseñarnos. Hay ahí un proyecto de obra total tan ambicioso como brillante. Sin duda, una de las más grandes y arriesgadas empresas poéticas de este tiempo. Así me parece verlo.


JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
 Dolan Mor, Poemas míos escritos por otros, Valencia, Aduana Vieja, 2012
(reseña publicada en el nº 108 de Turia, pag. 453)

lunes, 18 de noviembre de 2013

Wei Yin Wu... (un poema de José María Zonta)


WEI YIN WU…

…calculó que en el siglo VIII acabaría el mundo.
Recogió agua y alimento para seis días
y subió a la montaña.
Al verlo le preguntaron:
–¿Por qué guardas si el mundo acabará?
–El mundo es terco,
estoy seguro que en diez días regresará.
–¿Y dónde estaremos mientras no haya mundo?...
–Cada quien en su casa, sin salir,
bajo riesgo de caer en la nada.
–¿Y los que no tienen casa?
–Si todavía hay gente sin casa
en este tiempo de palacios,
tal vez no merecemos que el mundo regrese.

lunes, 11 de noviembre de 2013

El arte de correr (Dan Pagis)








EL ARTE DE CORRER
(UN POEMA DE DAN PAGIS)

La soledad
del corredor de distancias cortas.

Su respiración alcanza sólo
la mitad del recorrido.

Sólo sus huellas
le siguen con devoción.

¡Venga! Dos rivales y no más:
la pierna derecha y la pierna izquierda.

No hay ganador, ni perdedor.
Puedes pararte a descansar,

irte a casa o, si lo deseas,
seguir corriendo.


[Versión al castellano: JJD]

lunes, 4 de noviembre de 2013

Catedral (Joseph Stroud)


CATEDRAL
(UN POEMA DE JOSEPH STROUD)

Puse la concha boca abajo y esperé a que saliera
el caracol. Tengo mucho que aprender de la paciencia.
Ya no me pregunto adónde marchó el amor
o por qué las noches son tan largas. Issa dice
que las palabras hallarán un camino en la página,
abrirán una senda hacia la mañana.



[Versión al castellano: JJD]

lunes, 21 de octubre de 2013

Poema (Ion Mureşan)


POEMA
(POR ION MURESAN)

Mas yo solo bajo tierra.
Mas yo solo, solo, solo bajo tierra lejos.
Pues la tierra los arrojó a todos.
Escupió a todos entre flores,
en el florido pañuelo de la primavera.
Los expulsó a todos.
Son ahora manchas de sangre en el pañuelo de una bella
señorita tuberculosa.
¡Plof!, los escupió la tierra en la hierba.

Y es justo el día de Resurrección.
Es justo el día del segundo Advenimiento del Redentor.
El Día del Juicio Final.
¡Oh, qué inmenso júbilo!
A todos los sacó la tierra fuera
de sus pulmones,
de sus arcones frigoríficos
donde, Dios, qué bien se han mantenido.

Este es el Día del Juicio Final,
el día en que la carne crece sobre cada hueso,
la carne va posándose en los huesos como el polvo en los muebles.
Este es el día en que la carne resplandece como la Luna.
Es carne segura.
Pues todo ser humano grita de alegría y dice:
"¡Anda, ven a mi carne, donde se está bien y calentito!"

Mas yo solo bajo tierra.
Y en cada huesecillo crece carne.
De modo que la tierra se llenará de hombres
y las aguas de peces
y el cielo de aves
y las jaulas de perros
y la cocina de verano de mi madre se llenará de moscas
(pues también sobre el hueso de mosca crece carne de mosca)
¡oh, qué inmenso júbilo!

Y los que fueron incinerados y no tienen huesos
también se regocijan
pues, según veo desde bajo tierra,
en la hierba se encienden pequeñas lumbres como la llama de cerilla
o grandes como una casa ardiendo,
y esas llamas, plof, no cesan de escupir huesos,
y en los huesos enseguida crece carne,
y en cuanto en alguna parte del mundo aparece una idea,
no tarda en crecer alrededor una cabeza,
y en nada ves la idea repantingada a la sombra de una frente
que antes ni existía.
¡Oh, qué inmenso júbilo!

Mas yo solo bajo tierra.
Crepitan los sagrados estandartes en la brisa nocturna.

Yo solo bajo tierra como un niño con la nariz pegada al cristal.
Yo con la nariz como un caracol pegado al cristal.
Y lo que veo, lo veo por entre la hierba.
Permanezco en la leche dulce y negra de la tierra
soy la única ranita y serpiente y pez y rey
del negro reino.

Mas yo solo, solo, solo, lejos, bajo tierra.
Y ellos bailan en un corro,
en círculos alrededor de Cristo
que está, como un cordero, en medio.
Y lo que veo, por entre la hierba lo veo:
mujeres de piernas delgadas como lápices
y con el sexo como una goma de borrar, acuosa y rosada,
hombres trotando con botas de cuero y herraduras y
cada uno lleva entre las piernas dos tinteros llenos.

Esto llegué a ver,
pues ellos, con Cristo en medio, ascienden a los cielos.
Y yo solo, solo, solo para la eternidad,
el cielo estirado como una cortina negra encima,
el cielo como una cremallera de bragueta cubriéndome los ojos,
solo en la dulce leche de la oscuridad,
solo bajo tierra.
¡Oh, qué inmenso júbilo!

Este es el Día del Segundo Advenimiento.
Y de repente, plof,
la oscuridad escupe un ángel,
un ángel pequeñito,
un ángel escuchimizado,
un ángel diabético,
un ángel albino,
el último angelito recuperador.
Que me agarra de una oreja
me saca a la luz y estoy llorando
y lloro en el aire
con mi oreja entre los dedos de este angelito,
lloro,
porque la oscuridad se queda sola.


[Traducción al castellano: Catalina Iliescu Gheorghiu]

lunes, 14 de octubre de 2013

Las pieles (Dan Pagis)







LAS PIELES
(UN POEMA DE DAN PAGIS) 

Un amplio armario labrado, penumbra, el olor de la naftalina y un ligero perfume. Las pieles de mamá duermen la siesta del verano. Ojos de cristal en la cabeza de un zorro plateado, soñando con el invierno. Me alzaré para siempre en el cuello nevado de mi madre. Ella murió antes de que yo cumpliera cuatro años. Se llamaba Julie y ahora nadie me llama a mí, nadie me busca al caer el día. Estoy con las pieles: ellas me permiten esperar a la nieve.


[Versión al castellano: JJD]

lunes, 7 de octubre de 2013

La canción del divorcio (Joseph Stroud)


LA CANCIÓN DEL DIVORCIO
(UN POEMA DE JOSEPH STROUD)

Amargo el calor del sol y amargos el sabor de la manzana,
la canción, las estrellas y los trigales, amargos el recuerdo,
el claro de luna, la brillante superficie del lago matinal
como el lustre de una perla, amargos el trino del colibrí
y el polen dorado, todos los poemas y su música, la madera del arpa
y el sándalo, amargos las sábanas de seda, el fuego y el matrimonio.


[Versión al castellano: JJD]

lunes, 30 de septiembre de 2013

Cita con Roberto Juarroz


"El poeta es un cultivador de grietas: fractura la realidad aparente, o espera que se agriete, para captar lo que está más allá del simulacro."