lunes, 20 de agosto de 2012

lunes, 13 de agosto de 2012

"Frecuencias" en la revista Nayagua


FRECUENCIAS ELEMENTALES

Las cosas del mundo tienen su gracia y su misterio, emiten su secreto y es posible sintonizarlas, encontrar sus frecuencias, su cercanía al corazón. Frecuencias es el tercer libro del poeta zaragozano Jesús Jiménez Domínguez (1970). Le preceden Diario de la anemia y Fermentaciones (Olifante, 2000) y Fundido en negro (DVD, 2007). Este último fue ganador del Premio de Poesía Hermanos Argensola, que en los últimos años ha recaído en poetas nuevos que van creciendo en obra e importancia en el panorama actual: Martín López-Vega, Juan Andrés García Román o Luna Miguel. Con la publicación de algunos de sus textos en Campo abierto: Antología del poema en prosa en España, 1990-2005 y con el premio Hermanos Argensola Jesús Jiménez era hace un lustro un nombre para tener muy en cuenta en la poesía española joven. Con Frecuencias y el premio Ciudad de Burgos Jesús Jiménez se convierte en un poeta grande. Frecuencias se instala en las mejores tradiciones y Jiménez emite con la finura de un gran hacedor de metáforas, de un estricto modelador del verso: poesía de la ebriedad del todo, poesía de la física y de la metafísica y también poesía clara, directa, irónica, y que descree del lenguaje incierto y de sus metáforas antiguas.

Frecuencias es un libro con trama: avanza y retrocede perfilando líneas de contenido en torno a algunas imágenes: los paraguas negros, los árboles y sus derivados, la grieta en la loza, el puente entre la niebla. La sucesión de poemas se organiza en dos partes: “La vida secreta de los átomos” e “Intemperie”. Hay un poema introductorio titulado “Preparativos” en el que la realidad comienza a transmutarse en metáfora, comienza a emitir en “Frecuencias de onda corta”. Y hay un poema “Final” en el que las cosas vuelven a ser las de siempre aunque un poco “más dulces, más dóciles, más blandas”.

Las cosas son protagonistas absolutas de la primera parte, que se abre con una evocación creacionista, buscando la mirada inaugural de Adán, como pensara también hace cien años Vicente Huidobro. Aunque Jiménez prefiere citar al escritor norteamericano Charles Simic, son las Odas elementales de Pablo Neruda o las preocupaciones de Pedro Salinas en sus primeros libros (Fábula y signo y Seguro Azar) lo que se entrevé tras estos versos: el intenso trabajo sobre la metáfora más pura y festiva, la que tiende a la adivinanza, a la presentación naïf y elemental del secreto de las cosas; metáfora, greguería, concepto, creacionismo, adivinanza. A todo esto se añade una tentación muy contemporánea y posmoderna, la de reducir la ciencia a sus poéticos orígenes, a la historia natural, a la literatura didáctica. Y así la mención del Dioscórides y el Lapidario; el poema dedicado a Heráclito con su cientifismo humorístico; y la cita inaugural de Demócrito: “Sólo existen átomos y vacío”. De entre todas las cosas del mundo Jesús Jiménez se atreve con la rosa y hace un poema de amistad o de amor construyendo la rosa más transitiva de la historia, bordeando la rosa del otro Jiménez. Convierte a la piedra pómez –este poema, “Lapis Pumex”, es de mis preferidos– en una metáfora del áspero recuerdo.

La búsqueda de relaciones asombrosas entre el mundo de las cosas y el de los sentimientos se apoya en otro recurso originalísimo en Frecuencias que es el establecimiento de relaciones insólitas entre las familias de palabras: la sombra y la tormenta se relacionan con los adjetivos asombrado y atormentado; las hojas de los libros devoradas por la carcoma son hojaldre; por paronomasia se asocian amor y amortajar; también recrea la vallejiana asociación de nadar y nada; la de niebla y tiniebla; y compone la trascendente derivación de tiempo en intemperie. Trascendente porque, ya se ha dicho, “Intemperie” es el título de la segunda parte del libro, la parte dedicada al paso del tiempo y la muerte.

Poco a poco lo telúrico y lo elemental va dejando paso al poeta que escribe como la madreperla, desde el dolor del corazón, desde el daño interior. El tiempo aparece como una tensión insoportable entre el pasado, el presente y un futuro que no culmina. El paso del tiempo se materializa en la imagen de “El puente en la niebla”, poema que cierra la primera parte del libro.

El aire conceptual de las asociaciones insólitas y de los objetos imposibles constituye una suerte de reciclaje interminable de lo moral y de lo natural en el extraordinario poema “Árbol del tiempo”. En este texto toma la palabra un reloj de pared abandonado en un camposanto. El reloj habla como el “barquillo” de Catulo y entre las becquerianas ortigas de Cernuda:

Fui un reloj de pared pero hoy mi tiempo es la intemperie.
Me arrojaron a este camposanto y parezco un ataúd
puesto en pie, insepulto entre las ortigas y las tumbas.
Sin embargo, cuervos y termitas me creen
el tronco de un árbol que arrastrara la tempestad.
De tarde en tarde, un difunto se acerca hasta mí
para abonarme con los despojos de su cuerpo
y busca en vano ramas que podarme, brotes verdes,
o me riega con la esperanza de verme crecer.
(p. 46)

Los árboles se van haciendo recurrentes en esta segunda parte: crecen árboles, por ejemplo, de las patas de la silla de la cocina en una noche de insomnio. O como en la portada, dibujada por el propio Jesús Jiménez, donde aparece un antiguo poste eléctrico que tiene un Árbol adentro. Y dentro del árbol, la caja con que sueña el carpintero de la funeraria. El árbol es el origen de las cosas, la madera. Y es también “el final que me espera”.

Se atreve Jesús Jiménez con motivos románticos, el de la vida de los muertos y el también romántico cultivo del género del epitafio o el tema del destino al que no se puede escapar (“El madrugador”, muy recomendable) o el suicidio. Estos poemas tienen un aire jocoserio y encierran un descreído homenaje a algunas formas literarias de vivir la muerte –valga el oxímoron–. En esto también acierta Jiménez, que practica el vario stilo, y si por un lado trae un par de veces a colación el famoso soneto de Góngora de 1582 que termina “en tierra, en humo, en polvo en sombra en nada”, por otro escribe su epitafio medio burlesco y monta como Rigaut una “Agence générale du suicide” con sede social en Montparnasse.

En suma, Frecuencias es alta poesía de nuestro tiempo. Leer a Jesús Jiménez, un placer infrecuente.

MARÍA ÁNGELES NAVAL
"Nayagua", Revista de Poesía, nº 17
Julio 2012

lunes, 30 de julio de 2012

"Frecuencias" en El Periódico de Aragón


Miguel Ángel Ordovás escribe acerca de Frecuencias (Visor, 2012) en El Periódico de Aragón (12-07-2012)

lunes, 23 de julio de 2012

Poemas para mover el mundo


POEMAS PARA MOVER EL MUNDO



CAJA DE LAVA
ÁNGEL GUINDA
(Olifante, Zaragoza, 2012)

Después de Espectral (Olifante, 2011), libro de alucinaciones más que de iluminaciones, donde el poeta –como en una pesadilla soñada en voz alta– dialogaba con sus propios fantasmas, miedos y obsesiones personales, Ángel Guinda vuelve ahora a la actualidad editorial con un libro que retoma el mismo tono de Claro interior (Olifante, 2007) y en el que la reflexión marcadamente metafísica y existencialista convive con el activismo, ya sea desde el compromiso social o desde la fuerza arrolladora de la pasión amorosa, motores ambos para mover el mundo.

Estos “poemas escritos en tiempos de crisis”, como se reconoce sucintamente en el colofón del libro (¿puede existir una literatura que no parta de crisis alguna, sea ésta del tipo que sea?), se abren con un título ya emblemático, me atrevería a profetizar, en la obra reciente de Ángel Guinda: “Tal vez vosotros sabéis”. Ese “no sé” del poema inaugural, inteligente en su reiteración, y que ha fundado obras poéticas enteras (y ahora me viene a la memoria, por ejemplo, toda la poesía de Wisława Szymborska), resulta en Caja de lava la piedra base sobre la que se cimienta ese misterio de intentar nombrar por primera vez las cosas y que lleva al autor a ubicarse frente al mundo, con los ojos bien abiertos y desprovistos de prejuicios sensitivos: “Yo no sé qué preguntan al sol los limoneros. / Ignoro los secretos de las algas y de las medusas. / Tampoco sé si esto es un poema / o una pequeña galería de hormigas. / Tal vez vosotros sabéis, yo sólo canto”.

Desde hace ya muchos libros atrás, hay algo en la escritura poética de Ángel Guinda que nos permite contemplar la propia existencia como una prolongada despedida de cuanto hemos amado y disfrutado en vida. Es una despedida intensa, lúcida, sosegada, pero sin asomo de un patetismo excesivo e innecesario. En una de estas despedidas lacónicas podemos leer: “Mi autobiografía cabe en una palabra. Preguntó: ¿qué palabra? Le respondí: adiós”. Es decir, la vida entrevista como un hecho que, paradójicamente, sólo cobra un sentido inteligible y completo gracias a su propia naturaleza mortal: “Morir es traducir la vida”.

En esta larga ceremonia del adiós, el Guinda prevenido y senequista mantiene un constante pulso a brazo partido con el Guinda vitalista y jubiloso (merece mucho la pena detenerse en la lectura de esa epifanía que es el poema “Felicidad”). Sin embargo, en otras ocasiones, los dos extremos, los dos Guindas se encuentran, se tocan y se abrazan sin recato. Por ello, no sorprende que en “Taller de poesía”, poema de esa primera parte metapoética del libro, el urgente carpe diem de “Vivid, vivid al límite vuestra propia existencia” se prolongue con toda naturalidad (y permítaseme la expresión) hasta el carpe the end de “Avanzad mortalmente hacia la nada”.

En Caja de lava este Ángel desdoblado se presta a analizar a fondo la compleja naturaleza del ser humano con todo su desmoronamiento físico e ideológico (“Todo precario ya. La casa que es tu cuerpo / exhibe en su fachada escorchones o grietas”), desciende hasta las atormentadas paradojas de un mundo al que ama y aborrece con idéntica dedicación revolucionaria.

Resulta totalmente revelador que en “Sin los cinco sentidos” (título de la segunda parte del libro) no tenga más remedio que recurrir a un sexto sentido (el sentido de la inteligencia y de la intuición) para abordar el milagro inefable del amor. Es decir, desde el empleo de la sinestesia y la convivencia pacífica de los contrarios: “El glaciar que me quema eres tú. / Lo que llena el vacío eres tú. / El silencio que me habla eres tú”. Es una poesía, al fin y al cabo, del yin y del yang: nada existe en estado puro ni tampoco en absoluta quietud, sino en una continua transformación. O dicho de otra manera: cualquier idea puede ser vista como su contraria si se la mira desde otro punto de vista, aquel que de algún modo la completa y complementa.

Pero dejando a un lado la fuerza de la pulsión amorosa como única arma posible para sobrellevar el nonsense existencial y el transcurso dictatorial del tiempo, seguimos por otra parte advirtiendo en Ángel Guinda su pródiga insubordinación ante los dictados oficiales, su eterno gesto beligerante frente a la agresión de los poderes políticos y financieros. Son estos, en efecto, tiempos propicios para la denuncia social, para las consignas contestatarias y solidarias, para la empatía con los más desfavorecidos: el poema “Desalojo”, con ese verso igualador y final a la manera de Quevedo (“Desalojados todos seremos de la vida”), es quizás –en este sentido– el botón de muestra más apreciable del libro.

Personalmente, uno es de la opinión de que cualquier poética, manifiesto o artefacto metaliterario, además de ser redundante, va siempre muy por detrás de la poesía de quien los escribe. De lo que no cabe duda es que la poesía de Ángel Guinda lleva felizmente a la praxis aquello que sus manifiestos (Poesía y subversión, Poesía útil y Poesía violenta) han venido propugnando a lo largo de todos estos años: una poesía que sea un arma cargada ya no de futuro (como señalaba Gabriel Celaya), sino de presente. Una poesía necesaria, urgente y “práctica”. Una “poesía terrorista” que intente combatir por medio de las ideas y de sus sombras (las palabras) las injusticias socio-políticas del sistema; pero que, igualmente, exalte la vida hasta las últimas consecuencias. Una poesía contestataria, metafísica, en extrema y continua tensión con una realidad que nos aprisiona y encarcela. En resumen, una poesía existencial y doliente de un hombre que se sabe perecedero y que despide el libro con un emotivo poema de aire un tanto juanramoniano: “Cuando, para mis pasos, / sea el aire una barrera infranqueable. / Cuando, menos yo, todo / siga aún vertical”.

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
Reseña publicada en el nº 103 de la revista Turia (junio de 2012)


lunes, 16 de julio de 2012

Presentación de "Incumplir los años", de Diego Chozas


Presentación del libro de Diego Chozas, Incumplir los años, que tendrá lugar en El Poeta Eléctrico (Residencial Paraíso, 1 - Zaragoza) el jueves 19 de julio a las 21:00 horas. Hablaremos del libro Enrique Cebrián Zazurca y un servidor. Amenizará la velada el cantautor Quique Artiach.

lunes, 9 de julio de 2012

Bigott meets Sergio Algora: Oh, Capital!






Oh, Capital! fue el último "experimento musical" de Sergio Algora entre 2005 y 2006. Además de Sergio (letras y samplers), colaboraban en él Borja Laudo aka Bigott (guitarras), Marisa (voz), Pablo 3mellizas (programaciones) y Pablo Malatesta (producción, programación y arreglos). Su única referencia sonora, este Tout l´amore deu, fue publicada en el recopilatorio Intersecciones y desencuentros que acompañaba al número 14 del fanzine Confesiones de Margot (abril de 2007). Tomando el nombre de Oh, Capital! (perversa desviación de aquel poema de Walt Whitman, "Oh, Capitán, mi Capitán") Sergio Algora buscaba nuevas formas de expresión basadas en muestras tomadas directamente de viejos vinilos, fragmentos superpuestos, uso de teclados analógicos y de juguete, etc.





viernes, 29 de junio de 2012