jueves, 15 de marzo de 2012

Contraportada de "Frecuencias" a cargo de Rómulo Bustos

Rómulo Bustos







¿Cómo escribir Poesía después de la Poesía? El poeta camina extranjero por un ya desforestado bosque de símbolos, suspendido tan sólo del frágil hilo de su afónica voz que, de algún modo, pretende salvar la insomne Canción, la real fantasmagoría de la Canción. Es verdad: la Alegoría ha muerto, como declara este poemario; pero en su lugar quedan esas enigmáticas ondas de baja frecuencia que pueblan el Universo de Jiménez y que en su mudez dicen el misterio. Jesús Jiménez lo sabe. Por eso, si a su oído izquierdo susurra el demonio de Demócrito, por el derecho susurra el demonio de Valéry desdiciéndose de que el resto sea sólo literatura. Por eso se esmera en hacer del árbol un ataúd para que la deseante imaginación del lector lo reconstruya con todas sus ramas, sus flores y el fulgor de sus frutos. Ciertamente el corazón y la cabeza son enemigos, pero en su disputa arman una extraña música, con el bífido Ángel de Schlegel dirigiendo, en lejanía, la disonante sinfonía de la ironía infinita… Jiménez, como el hilarante Demócrito, conoce la terapéutica del humor, pese a los corrosivos venenos diseminados en su palabra, o precisamente por ello. Poesía desasosegada, inteligente y lúdica, de súbitos juegos de palabra, de quiebres y giros de ritmo, de elaborado y limpio lenguaje que tiende inusitados puentes entre las diversas zonas de la experiencia, haciéndose sorprendente en su mestizaje. Jiménez es el paradójico nada-dor que, con la disolvente materia del tiempo y su rostro más nefasto (la muerte), urde o deja entrever -acaso a contravía de sí mismo- una sugestiva “metafísica” de la inmanencia contra la soberanía de la Nada.



RÓMULO BUSTOS AGUIRRE

lunes, 12 de marzo de 2012

Dos poemas de "Frecuencias"

Foto: Ana Muñoz




La Estafeta del Viento (la revista digital de poesía de la Casa de América, de notable presencia en el ámbito latinoamericano) publica, a modo de adelanto, dos poemas de Frecuencias, de próxima aparición.


Uno de ellos es éste, que abrirá el libro:


FRECUENCIAS DE ONDA CORTA

Vas a comenzar un viaje.
Atravesarás arenas movedizas,
bancos de niebla, pozas insondables.

Disponte a percibir las señales secretas
que las cosas de la tierra emiten para ti.

El insecto que vuela a tu alrededor,
¿qué contraseña, qué promesa de jardín te trae?

El fuego blanco de la nieve en las copas,
¿logró acallar el fuego verde de los árboles?

La hoja que, a orillas del río, se separa
de la rama del arbusto y cae, ¿podrá unirse
a la rama exacta del agua sin que la rompa?

Llegan ondas de un lado al otro de tus sentidos:
lograste sintonizar un dial secreto del mundo.

Pero te detienes al borde de esta página
y hallas una frecuencia en tu interior,
una transmisión. Un mensaje de ti, atiéndelo.
Es tu corazón paciente: ese traductor,
ese amanuense, ese oficinista incansable
poniendo comas veinticuatro horas al día
a cuanto el asombro profusamente le trae.

lunes, 5 de marzo de 2012

Semblante de Ángel Guinda

Con motivo de la presentación de Caja de Lava (Olifante, 2012)





Ángel Guinda llevaba mucho tiempo siendo una leyenda en esta ciudad cuando lo conocí hace una veintena de años. Recuerdo el primer encuentro del iniciado con el maestro: aunque tuvo lugar en una librería ya desaparecida, el recuerdo sigue en pie y permanece. Yo, que ante todo deseaba ser poeta sin saber todavía el esfuerzo que lleva consigo, iba acompañado de un amigo que hizo las presentaciones. Ángel, que acababa de conocerme en ese preciso instante, se apresuró allí mismo a comprarme su Claustro, aquel libro de la editorial Olifante que recopilaba sus poemarios anteriores. Me dijo: “Este libro, aquí, en la librería, es sólo una lápida. Entre tus manos tendrá más vida”.

Ángel Guinda es así: su tremenda generosidad, su más que demostrada atención hacia los poetas más jóvenes y su agitadora concepción de una poesía útil y comprometida le incitan a este tipo de filantropías. Por otra parte, aunque Ángel trata a todos sus amigos de hermanos, en nuestro caso el parentesco es más que asumible. Puesto que nuestros padres se conocían y trataban como hermanos, resulta más que probable que –cuando menos– seamos primos. Si no primos carnales, sí primos espirituales en lo poético.

Sabemos que Ángel recibió el sacramento de la poesía en plena calle, a la intemperie, cuando contemplaba en el actual Paseo de la Constitución la estatua de una pareja de amantes al resguardo de un paraguas. Fue una imagen proverbial, porque desde entonces la poesía ha sido ese paraguas con el que Ángel se ha enfrentado a las inclemencias y a los rigores existencialistas de la vida. Un paraguas que ha pasado de mano en mano. Un paraguas público y fraternal. Un paraguas amplio y frondoso a cuyo cobijo generaciones más jóvenes de poetas se han arrimado en algún momento de sus vidas y de sus obras.

Ángel Guinda fue en los años de la Transición un inconformista, un rebelde, un poeta que portaba en el ojal de su gabán las flores del mal. Quiso hacer la transición él solo, aquí en Zaragoza, cuando la ciudad era todavía aquella Zaragoza gusanera de Miguel Labordeta. Una transición de dos minutos, de exaltada caligrafía y firme pulso jacobino, en la pared de un bar. Pagó por la libertad el precio de la censura y de la persecución judicial. Marchó a Madrid y se aplacó un tanto: su poesía se hizo más filosófica, más intimista, más destilada gracias al tamiz del aforismo y de la paradoja en su afán por nombrar lo inefable y lo absoluto. No por ello su poética perdió un ápice de juventud. Ángel Guinda morirá (por supuesto dentro de muchos, muchos años) siendo quizás el poeta más vitalista y joven de cuantos conozco. Acaso no le dejen entrar en el club privado de la muerte por creerle menor de edad. Mejor para nosotros.

Junto a aquel libro regalado hace más de veinte años, Ángel Guinda me regaló, si cabe, algo más importante: unas palabras escritas de su puño y letra que, después de todo este tiempo, siguen resplandeciendo como el primer día y dicen la verdad: “Ser poeta no es una profesión, es una posesión”. Y un destino, añadiría yo. El de todos aquellos que son convocados para llamar por su nombre de pila las cosas más feroces de la vida con el fin de intentar amansarlas, de domesticarlas, de someterlas: el paso del tiempo, el dolor, la injusticia, la muerte. Una alta misión secreta que Ángel Guinda sigue llevando a cabo con perseverancia, con dedicación de orfebre, con férrea honestidad. Caja de lava es sólo el último episodio de esa misión secreta, de ese destino ineludible, de esa posesión poética en la que sólo la palabra es el único exorcismo posible.

viernes, 24 de febrero de 2012

Presentación de "Caja de lava", de Ángel Guinda


Con Trinidad Ruiz Marcellán, Dolan Mor y Ángel Guinda
Foto: Gotzon Mujica

viernes, 3 de febrero de 2012

Nada es regalo (Wisława Szymborska)



NADA ES REGALO
(POR WISŁAWA SZYMBORSKA)

Nada es regalo, todo es préstamo.
Estoy de deudas hasta el cuello.
Con mí misma deberé pagar
por mí misma,
dar la vida por mi vida.

Es lo establecido:
el corazón se devuelve,
el hígado se devuelve,
y los dedos, uno a uno.

Demasiado tarde para rescindir el contrato.
Ejecutarán mis deudas
y mi cuerpo.

Camino por el mundo
entre una multitud de deudores.
Unos están obligados
a pagar por sus alas.
Otros, quieran o no,
saldarán sus hojas.

En la página «Debe»
figuran nuestros tejidos.
Ni una pestaña, ni un tallo
se conservan para siempre.

El registro es exacto
y todo parece indicar
que nos quedaremos sin nada.

No consigo recordar dónde,
cómo ni por qué
me dejé abrir esta cuenta.

La protesta
se llama alma.
Y es lo único
que no consta en el registro.


[Traducción al castellano: Jerzy Skvomirsky y Ana María Moix]

domingo, 29 de enero de 2012

Poesía 1979-2004 (Pere Rovira)

Poesía (1979-2004)

Pere Rovira

DVD, Barcelona, 2011




Si tomamos el prólogo del libro de Pere Rovira como ideario o programa vital, veremos que el autor cumple ampliamente en su obra lo que anticipa y promete en el preámbulo. Dice en él: “No hay que tener prisa ni por empezar un poema ni por terminarlo”. Pere, que es hombre de palabra, lo cumple: cinco libros en treinta años vienen a demostrar que el autor se toma su tiempo (y, por ende, el de sus pacientes lectores) a sabiendas de que el tiempo también lo toma a él. Obra poco extensa, dirán quizás algunos. Intensa, en cualquier caso.

Quien lo conozca siquiera un poco, sabrá que Pere abomina del calificativo de artista (depositario de no se sabe qué dádiva divina) en favor del adjetivo más terrenal y utilitario de artesano. Los carpinteros hacen sillas para que nos sentemos a descansar de la vida, lo mismo que Pere hace poemas para que la vida nos canse menos. O para que nos detengamos a contemplarla en toda su plenitud un instante siquiera.

En Pere se cumplen -y se confunden- las dos máximas que todo poeta desearía para sí: “escribe como vives” y “vive como escribes”. Poesía y Vida paseando muy juntas por los campos de Lleida, como dos hermanas siamesas, mejilla con mejilla, sincronizando el paso.

Cuando la mayoría de los poetas sólo tienen lectores (y eso con suerte, claro), Pere logra el más difícil todavía: tener confidentes, que es la categoría más elevada de lector que acaso pueda existir. ¿Por qué? Porque el éxito moral en la poesía de Pere Rovira consiste en que retrata siempre una experiencia humana muy próxima y verosímil de manera cordial y honesta, sin ningún tipo de afección ni de artificios innecesarios. Los poemas de Rovira invitan a ser habitados: son confortables y cálidos a pesar de que, a veces, muestren la cara menos amable de la vida.

Vitalista e inteligente, y por ello inevitablemente escéptico, Pere Rovira es -a pesar de todo- un epicúreo que a veces se viste con los hábitos de un senequista, un hímnico que a ratos escribe elegías. Esa serena persecución de las bondades trascendentales (el apego a la amistad, el amor hacia las personas, los paisajes o las cosas) convierte su poesía en una suerte de larga conversación de sobremesa entre autor y confidente después de haber comido y bebido con deleite la vida.

En la poesía de Pere concurren, por sólo citar algunas, un par de paradojas maravillosas: la primera es que, siendo la suya una poesía que a menudo retrata el transcurrir del tiempo, termina por ser una poesía intemporal y -por tanto- ajena a las modas. La otra es que sus poemas están tan trabajados desde un punto de vista formal que, contradictoriamente, no lo parecen: son poemas que están hechos como de una sola pieza, sin costuras ni dobleces. Conseguir sólo estas dos cosas, como bien sabemos, es dificilísimo.

Creo que fue Eliot quien dijo que la tradición no se hereda; y que si uno quiere hacerla suya debe invertir un gran esfuerzo. Esto, que parece una obviedad, a veces se nos olvida. Pere Rovira ha cimentado su obra en base a una tradición muy personal que maneja magistralmente y que retroalimenta toda su poesía: una tradición que va desde Horacio hasta Jaime Gil de Biedma pasando por Verlaine y por Antonio Machado, por sólo citar algunos nombres.

La visión más conservadora acerca de la tradición tiende a ver en ella algo que mantener y acatar acríticamente. Sin embargo, la vitalidad de la tradición en la poesía de Pere Rovira depende de su capacidad renovadora, aunque manteniendo los cánones estéticos o filosóficos tradicionales. Rovira escribe desde la tradición porque no puede hacerlo de otra forma: en ella ha crecido y desde ella innova y se desarrolla. Así que tradición como entidad viva y orgánica y no como se la tiende a contemplar: como una gran y vieja estatua inamovible.

Los poemas de Pere mantienen un equilibrio entre la profundidad y la ironía. Equilibrio, por otra parte, difícil de conseguir, puesto que la tendencia habitual es irse a los extremos y terminar escribiendo poemas o bien excesivamente sentenciosos o bien tremendamente cínicos. Esto, afortunadamente, no ocurre. Pere retrata muy hábilmente el sentimiento de pérdida y de fracaso y lo hace de una manera lúcida, sin caer en los grandes aspavientos existencialistas.



Jesús Jiménez Domínguez

jueves, 26 de enero de 2012

Los rezos secretos (Luljeta Lleshanaku)





LOS REZOS SECRETOS
(POR LULJETA LLESHANAKU)

En mi familia
las oraciones se rezaban en secreto,
suavemente murmuradas bajo las mantas
y la congestión nasal,
un suspiro antes y un suspiro después
como finos apósitos esterilizados.

En el exterior de la casa
había una escalera de madera
apoyada todo el año contra la pared,
lista para reparar en agosto las tejas antes de las lluvias.
Nunca ningún ángel la subió
y ningún ángel la bajó,
sólo hombres que sufrían de ciática.

Se rezaba para tener un vislumbre de Ellos
en la esperanza de poder renegociar los contratos
o postergar los plazos.

"Señor, dame fuerzas", decían,
puesto que descendían de Esau
y tenían que contentarse con la bendición
concedida por Jacob,
la bendición de la espada.

En casa, rezar se consideraba una debilidad
lo mismo que hacer el amor.
Y al igual que hacer el amor
seguía después la larga
noche fría del cuerpo.


[Versión al castellano: Jesús Jiménez Domínguez]

lunes, 23 de enero de 2012

Dialéctica (Edvard Kocbek)



DIALÉCTICA
(POR EDVARD KOCBEK)

El constructor derriba casas,
el médico fomenta la muerte
y el jefe de bomberos
es el cabecilla secreto de los pirómanos.
Así de claro lo dice la dialéctica
y la Biblia nos lo repite:
los que están arriba volverán a estar abajo
y los últimos serán los primeros.

El vecino tiene en casa una escopeta cargada,
un micrófono debajo de la cama
y una hija que es una confidente.
Al primer golpe el vecino se viene abajo,
falla la conexión del micrófono
y la hija termina confesando.
Todo el mundo se disfraza de cordero
cuando se adentra en la cueva del cíclope.

De noche escucho la música destartalada
proveniente de la carpa del circo.
Los sonámbulos caminan sobre el alambre
balanceándose con temblorosos brazos
y sus amigos les gritan desde abajo
para liberarlos del sueño.
Porque todo lo que sube tiene que bajar
y al que duerme déjenlo dormir profundamente.


[Versión al castellano: Jesús Jiménez Domínguez]