
EL CUENCO
(POR JEAN MONAHAN)
Cuando está entero es sólo la mitad.
Jamás llegará a ser nada más
que eso: un hemisferio con rayas
azules por debajo del borde.
Fue hecho para contener, un lugar
donde mezclar y frotar suavemente
la harina contra la leche. Apretujado
contra un seno, el interior de un codo
o henchido como un vientre y agarrado
por una mano, engendró la torta,
el pan o la sopa incapaz de definir
su forma, de conferirle
un sabor. Recién enjuagado, permanece
en una repisa, listo para usarse de nuevo.
Apenas se rompe, se reproduce
en quince nuevos cuencos, cada uno
con su respectivo borde. Los arrojamos
a la basura para que nadie se corte,
donde podrán dormir su último sueño
entre los alimentos que una vez acogieron.
[Versión al castellano: Jesús Jiménez Domínguez]






