martes, 5 de abril de 2011

"Narcotic Candy" (Shady)


Creo que Mercury Rev hicieron mal en despachar a David Baker. Los dos siguientes discos de Mercury Rev sin él (el infravalorado y excelente See You on the Other Side y Deserter's Songs, que los llevó hasta la cumbre) creo que están muy bien; pero luego, para mi gusto, se me volvieron demasiado almibarados y previsibles, un poco coñazos. Me gustaba mucho el toque de locura psicodélica que Baker le ponía a Mercury Rev en los dos primeros discos (Yerself is Steam y Boces). Me gustaban esos remolinos sónicos en los que uno entraba y parecía no poder volver a salir nunca. Me gustaban "Car Wash Hair", "Blue and Black" y "Chasing a Bee". Con su marcha, la parte más oscura, experimental y menos accesible de su música empezó a desaparecer. También es verdad que el disco en solitario de David Baker como Shady me parece muy irregular y muy poquita cosa. Con más relleno que el sujetador de una drag queen. Aún así, merece destacarse esa joyita que es "Narcotic Candy". David Baker es el Syd Barrett de los '90 en esta historia de drogas y desencuentros personales. Sin él, Mercury Rev pasaron del LSD al valium. O peor aún: al té Hornimans.

viernes, 1 de abril de 2011

Madera blanda (Robert Lowell)



MADERA BLANDA
(POR ROBERT LOWELL)


(Para Harriet Winslow)


En ocasiones me he imaginado que las focas
deben vivir tanto como el Gitano Estudiante.
Incluso en su charca vallada del zoológico son felices,
y no existe ningún girasol que se vuelva
con más delicadeza hacia el sol
sin un esfuerzo de la voluntad.

También aquí en Maine las cosas se pliegan al viento eternamente.
Tras dos años de ausencia, uno debe acostumbrarse
a que la madera blanda pintada permanezca limpia y brillante,
a que el aire blanquee una pared dejándola aún más inmaculada,
mientras sopla a través de cortinas y de tabiques
con un hálito de sal y de coníferas.

La baya verde del enebro vierte ginebra clara como el cristal,
e incluso el agua caliente de la bañera
es algo más que agua,
rica con la limpia efervescencia
de algo que sana,
la interminable sal.

Las cosas duran, pero aquí en ocasiones, durante días enteros
sólo los niños parecen capaces de atender a los niños,
y no existe utilidad o inspiración alguna
en el viento que bate sin dirección.
La pintura fresca
de las casas de los capitanes oculta una madera aún más blanda.

Sus barcos de vela solían blanquear
las cuatro esquinas del globo,
pero no consuela saber
que los propietarios rara vez sobreviven a sus posesiones
una vez alterados y mimados por su contacto.
La piel que se abandona jamás podrá servir a otro.

Aun así, la manada de focas gruñe pasando frente a mi ventana
verano tras verano.
Esta es la estación
en la que nuestros amigos pueden, y de hecho morirán a diario.
No hay duda de que las vidas de los viejos
son más breves que las de los jóvenes.

Harriet Winslow, la dueña de esta casa,
fue para mí más que mi madre.
Pienso en ti allá en la lejanía de Washington,
respirando en la ola de calor
y de aire acondicionado, sabiendo
que cada droga que adormece alerta para el dolor algún otro nervio.


Siempre me ha gustado mucho este poema de Robert Lowell, pero encuentro que la traducción de Antonio Resines (que supongo que no será el actor, claro) no es del todo acertada, así que me he permitido el capricho de hacer algunas modificaciones sobre la marcha partiendo de su versión, publicada ya hace mucho tiempo en Visor (1ª edición, 1982; 2ª edición, 2003). El Gitano Estudiante de los primeros versos hace referencia, evidentemente, al poema de Matthew Arnold "The Scholar Gypsy" (1853), del que Lowell era muy devoto.

jueves, 31 de marzo de 2011

El escarabajo más grande de Europa

Octavio Gómez Milián me pide que desempolve mis recuerdos y anécdotas sobre el tercer disco de El Niño Gusano, El escarabajo más grande de Europa, para un especial en su programa de radio. Lo hago con mucho gusto.


El escarabajo más grande de Europa era el tercer disco de estudio de El Niño Gusano. Auspiciado al 100% por la multinacional RCA/BMG, con él el grupo buscaba la madurez. Iba a ser un punto de inflexión para futuros discos, pero el tiempo le ha adjudicado un papel de epitafio que le va como un guante por la imagen algo fría de la oportuna portada de Óscar Sanmartín y el tono melancólico de perdedores que hay en muchas de sus canciones.

El Niño Gusano pidió a su compañía que el disco fuera producido por Gorwel Owen (productor de grupos como Gorky’s Zygotic Mynci o Super Furry Animals). No salía excesivamente caro. Pero Gorwel Owen tenía una agenda muy comprometida y se buscó un plan B. Al final, se fueron a grabar a la sierra madrileña y lo hicieron con Joaquín Torres (ex guitarrista de Los Pasos). Joaquín Torres había producido con anterioridad a grupos como Tequila y 091 y a los grandes spanish crooners como Julio Iglesias y Camilo Sesto. Lo que pocas personas sabrán es que la presencia de Joaquín Torres (siempre según la crónica del nº 2 de la revista On The Rocks) casi llega a servir para que Camilo Sesto, a quien Sergio Algora consideraba el Scott Walker español, colaborara en algún coro del disco.

Antes de grabarse El escarabajo más grande de Europa, gracias al propio Sergio Algora, tuve oportunidad de escuchar alguna canción en versión maqueta. Recuerdo “No hay noticias”, que al final fue descartada y recuperada posteriormente para Fantástico entre los pinos. Sonaba larga, cruda, triste y extraña. Recuerdo “Casanova”, mucho más pop. Y creo recordar también “Tolkas”. El título de esta última es anecdótico: en uno de los Shamman Festival de Zaragoza, El Niño Gusano actuaba junto con Dr. Explosion, entre otros. Mientras estos tocaban, El Niño Gusano, entre bambalinas, había acabado con la existencia de alcohol. Así que, a la vuelta de su concierto, la gente de Dr. Explosion tuvo que conformarse sólo con los refrescos: “To’l Kas pa mí, to’l Kas pa mí”, iba gritando el cantante (“Todo el Kas para mí”).

La primera canción del disco que escuché por la radio, recuerdo perfectamente que fue “La Clínica de la Radio y la Televisión”. Muy pop y nueva ola, parecía un tema todavía del disco anterior, “El Efecto Lupa”. Sonaba muy bien. Aún no me explico por qué ninguna cadena de TV se la agenció para autopublicitarse. El título también parte de otra anécdota: el grupo solía ir a reparar sus instrumentos a un local zaragozano que, precisamente, llevaba ese nombre. Lo curioso del caso es que el dependiente podía sacarte, recién operados, la guitarra o el bajo en una camilla y arropados por una sábana. Igual que si fuera un paciente en estado de convalecencia. Cuentan que cuando el grupo llevó allí el disco y el dependiente pudo comprobar que había una canción con el nombre de su local, no pudo reprimir una lagrimilla.

Sin embargo, mi canción favorita del disco es “Un rayo cae”. Me gustan en ella la melodía, el sonido tan pulcro y la letra tan personal, que aúna por igual melancolía costumbrista e ironía made in Algora. Pero también me traen muchos recuerdos muy personales “Ángel Guardia” con unas letras que ahora se me antojan casi proféticas, “El jefe de las Tortugas” con esas trompetas finales que recuerdan brevemente al Hey Hude de los Beatles o “El fabricante de alas de mariposa” a medio camino, salvando las distancias, entre los sonidos de Low y de Red House Painters.

También recuerdo a Sergio Algora, en la sala Oasis de Zaragoza, acompañando el final de “Papel de regalo” con una guitarra de una sola cuerda. Aquella tontería me hacía gracia, no sé por qué. Quizás porque, alejado de toda iconografía de músico pop, Sergio Algora era, efectivamente, el antiguitarrista de una Rickenbacker de doce cuerdas. Una antiestrella, un tipo normal; pero al mismo tiempo muy, muy especial.

Con el paso de los años, El escarabajo más grande de Europa creo que ha logrado el status de disco clásico de los años 90. Son raros los listados y compilaciones de pop indie español en donde el disco no aparezca entre los más destacados de esa década. Sergio Algora solía decirlo así: El Niño Gusano era como el Cid Campeador. Capaz de ganar batallas después de muerto. Y así es.

Larga vida en mi memoria para El Niño Gusano y para Sergio Algora. Ellos y La Costa Brava formaron parte de la BSO de una época importante en mi vida. Es escuchar una de sus canciones y sobrevenir un alud de recuerdos de caras, de bares, de conversaciones nocturnas y situaciones divertidas. Parece increíble que hayan pasado más de una docena de años y que la portada polar del disco siga resplandeciente, de tan blanca y lúcida, como entonces.


La genuina Clínica de la Radio y la Televisión

jueves, 10 de marzo de 2011

Charles Simic: "El lío con la poesía"

Lo único para lo que siempre ha sido buena la poesía es para hacer que los niños odien la escuela y brinquen de alegría el día que no tengan que ver más otro poema. Todo el mundo entero coincide en ello. Nadie en su juicio, jamás, lee poesía. Incluso entre los teóricos literarios de hoy día está de moda señalar como inaccesible toda la literatura, especialmente la poesía. Que algunas personas todavía continúen escribiéndola es una rareza que pertenece a alguna columna “Créalo o No” del periódico.

Cuando los poetas encomiaron a los dioses y a los héroes tribales y glorificaron su sabiduría para la guerra, fueron tolerados, pero con la aparición de la poesía lírica y la obsesión del poeta con el ego, todo cambió. ¿Quién quiere oír acerca de la vida de seres insignificantes, mientras los grandes imperios se erigen y caen? Todas esas fruslerías sobre estar enamorado, besuquearse y experimentar detenidamente la alborada del día mientras canta el gallo, es de lo más risible. Maestros, clérigos y otros policías de la virtud siempre han sido cómplices de los filósofos. Ningún modelo ideal de sociedad, desde Platón, ha aceptado a los poetas líricos, y por abundancia de buenas razones. Los poetas líricos están siempre corrompiendo a los jóvenes, haciéndolos ahogarse en autocompasiones y condescender en embelesamiento. El sexo sucio y la falta de respeto por la autoridad es lo que los poetas han susurrado en los oídos de los jóvenes por siglos.

“Si él escribe versos, échalo a patadas”, se le aconsejó a un novel padre hace dos mil años en Roma. Y eso no ha cambiado mucho. Los padres de familia todavía prefieren que sus niños sean taxidermistas y recaudadores de impuestos en vez de poetas. ¿Quién puede reprocharles? ¿Preferiría usted que su única hija sea poeta o mesera de un club nocturno? Esa es una dura elección.

Incluso los verdaderos poetas han detestado la poesía. “Hay muchas cosas tras este engaño”, dijo Marianne Moore. Y ella tenía su punto de vista. Algunas de las cosas más estúpidas que los seres humanos han proferido se hallan en la poesía. La poesía, como regla, ha avergonzado tanto a individuos como a naciones.

La poesía está muerta, han gritado felizmente por siglos los enemigos de la poesía y aún lo hacen. Nuestros poetas clásicos, nuestros profesores en boga nos lo han dicho —en tanto que ellos no son más que un manojo de propagandistas de las clases gobernantes y de la opresión masculina—. Las ideas una vez promulgadas por los carceleros y asesinos de los poetas en la Unión Soviética son ahora un gran éxito en las universidades americanas. El esteticismo, el humor, el erotismo y todas las otras manifestaciones de la imaginación libre son sospechosas y deben ser censuradas. La poesía, esa tonta diversión de lo políticamente incorrecto, ha dejado de existir para nuestras clases educadas. No obstante, a pesar de ellos, la poesía se sigue escribiendo.

El mundo parece siempre premiar la conformidad. Cada época tiene su límite oficial sobre lo que es real, lo que es bueno y lo que es malo. El ideal es un plato hecho de deshonestidad, ignorancia y cobardía servido cada noche con un aspecto serio y un aire de la más alta integridad por los noticieros de televisión. La literatura también está preparada para unirse a ello. Su tribu está tratando siempre de reformarte y de enseñarte sus modales. El poeta es ese niño que, de pie en la esquina, con la espalda vuelta a sus compañeros, piensa que está en el paraíso.

Como si eso no bastase, los poetas, todos lo sabemos, son mentirosos de campeonato. “Llegas a mentir para mantenerte medianamente interesado en ti mismo”, dijo el novelista Barry Hannah. Ello es especialmente cierto para los escritores de versos. Cada uno de ellos cree que impostándose a sí mismo dice la verdad. Si no podemos ver el mundo tal como es en realidad, se debe a las capas de metáforas muertas que los poetas han dejado en todas partes. La realidad es sólo un viejo y descascarado cartel de la poesía.

Los filósofos dicen que los poetas se engañan a sí mismos cuando moran amorosamente en los detalles. La identificación de lo que permanece intocable por el cambio ha sido la tarea del filósofo. La poesía y la novela, al contrario, han sido recreadas con lo efímero —el olor del pan, por ejemplo—. Por lo que a los poetas concierne, sólo los tontos son seducidos por las generalizaciones.

Cielo y tierra, naturaleza e historia, dioses y demonios están todos escandalosamente reconciliados en la poesía. Por analogía se dice que cada cosa es todo, todo es cada cosa. Por consiguiente, los mejores poemas religiosos están cargados de erotismo. Subjetivamente, los poetas pretenden también trascender ellos mismos a través de la práctica de hallar su identidad en las cosas lejanas y apartadas. En un buen poema, el poeta que lo escribió desaparece para que el poeta-lector pueda llegar a existir. El “yo” de un total extraño, un chino antiguo, por ejemplo, nos habla desde el lugar más confidencial dentro de nosotros mismos, y nos deleitamos.

El verdadero poeta se especializa en un género de alcoba y metafísica de la cocina. Soy el místico de la cacerola y mi amor son los rosados dedos del pie. Como cualquier otro arte, la poesía depende del matiz. Hay muchas maneras de tocar el encordado de una guitarra, de besarse y morderse algún dedo del pie. Los músicos de Blues saben que unas pocas notas debidamente tañidas tocan el alma, y así lo hacen los poetas líricos. La idea es que es posible hacer platos asombrosamente sabrosos con los ingredientes más simples. ¿Fue Charles Olson quien dijo que el mito es una cama en la cual los seres humanos hacen el amor a los dioses? Mientras los seres humanos se enamoren y compongan cartas de amor, los poemas tendrán una razón de ser.

La mayoría de los poemas son bastante cortos. Lleva más tiempo estornudar naturalmente que leer un haikú. Sin embargo, algunos de estos “pequeños” poemas han acertado a decir más acerca de la condición humana, en unas pocas palabras, que siglos de otros géneros de escritura. Los poemas cortos y ocasionales han sobrevivido por miles de años desde la épica y sólo lo tocante a todas las cosas ha crecido ilegible. El misterio supremo de la poesía es la forma en que tales poemas lanzan un hechizo sobre el lector. El poema es absolutamente entendible después de una lectura, y casi inmediatamente uno quiere releerlo de nuevo. La poesía es, en conjunto, repetición que nunca llega a ser monótona. “¡Más!”, gritarían en coro mis hijos soñolientos después de terminar de leerles algún cuento para niños. Para ellos, como para todos los amantes de la poesía, hay sólo más, y nunca bastante.

Es la calidad paradójica de la poesía la que precisamente le da su sabor. La Paradoja es su condimento secreto. Sin sus numerosas contradicciones y su impertinencia, la poesía sería tan blanda como un sermón del domingo o el discurso de un presidente. Se debe a sus muchas y deliciosas paradojas que la poesía haya derrotado y sobrevivido continuamente a sus críticos más duros. Cualquier intento de reformar la poesía, de hacerla didáctica y moral, o aún de restringirla dentro de alguna “escuela” literaria, es entender mal su naturaleza. La buena poesía nunca se ha desviado de su propósito de ser una fuente inagotable de paradojas acerca del arte y la condición humana.

Sólo un estilo que es un carnaval de estilos devela la irreverencia que me parece apropiada para la poesía hoy. Una poesía, para abreviar, que tiene la recepción de un cable de televisor con más de trescientos canales, más hechos extraordinarios que ficciones, falsos milagros y supersticiones en escaparates del supermercado. Un poema que es como un espectáculo de Elvis Presley en Marte, la mujer con tres tetas, el cuadro de un perro que se comió la mejor obra de Shakespeare, la noticia de que el infierno está atestado y de que ahora en el cielo se están estableciendo los pecadores más perversos.

Aquí, por ejemplo, viene un compañero sin casa ni hogar cuya cabeza calva perteneció una vez a Julio Cesar. ¿No te vi vociferando en un stip-tease, ayer, en el Times Square, le pregunto? Cabecea felizmente. Mi siguiente pregunta es: ¿Aníbal cruzará de nuevo Los Alpes con sus elefantes? “Observa afuera a la querida poeta”, es su respuesta. “Si llega a girar con su carro lleno de compras, de libros viejos y ropa usada, alístate para oír un poema.”

Eso me recuerda que mi bisabuelo, el herrero Philip Simic, murió a la edad de noventa y seis en 1938, el año de mi nacimiento, después de regresar tarde a casa, una noche de taberna en compañía de unos gitanos. Pensó que lo ayudarían a dormirse, pero murió en su propia cama con los músicos tocando sus canciones favoritas. Eso explica por qué mi padre cantaba canciones de gitanos y por qué yo escribo poemas, porque como mi abuelo, yo no puedo dormir en las noches.

"El lío con la poesía", Charles Simic.
Revista Trimestral de Michigan 36, no. 3 (invierno de 1997).
Traducción de Óscar Pinto Siabatto.

lunes, 7 de marzo de 2011

Ecos de Criatura 5


Manuel Margarido escribe aquí sobre el nº 5 de la portuguesa revista de poesía "Criatura", donde iban una docena de poemas míos traducidos al portugués por Luís Filipe Parrado y Diogo Vaz Pinto.

lunes, 28 de febrero de 2011

Pintores de Holanda (Adam Zagajewski)


PINTORES DE HOLANDA
(POR ADAM ZAGAJEWSKI)

Las palanganas gravosas, pesadas de estaño.
Gruesas ventanas henchidas de luz.
Nubes plomizas, matéricas.
Vestidos como edredones. Ostras húmedas.
Las cosas son inmortales mas no nos sirven.
Los zuecos de madera, capaces de andar solos.
Las losas del suelo, que no se aburren nunca
y juegan con la luna al ajedrez a veces.
Una muchacha fea contempla una carta
escrita con tinta invisible.
¿Se trata de amor o de dinero?
Los manteles huelen a almidón y a moralidad.
La superficie no se une con la profundidad.
¿Misterio? No hay misterio, tan sólo el celeste
hospitalario, inquieto como el grito de la gaviota.
Una mujer se aplica en pelar una manzana.
Los niños sueñan con la vejez.
Alguien lee un libro (el libro es leído),
alguien duerme y se torna objeto cálido
que respira (como un acordeón).
Les gustaba habitar. Habitaban en todas partes,
en el respaldo de madera de una silla
y en el chorro de leche estrecho como el estrecho de Bering.
Las puertas abiertas de par en par, el viento amigo,
las escobas reposando tras un trabajo a conciencia.
Las casas descubiertas. La pintura de un país
que no tenía policía secreta.
Tan sólo en el rostro del jovencísimo Rembrandt
una sombra prematura se revela. ¿Por qué?
Decidme, pintores de Holanda, qué pasará
cuando la manzana sea pelada, cuando la seda se apague,
cuando se vuelvan fríos todos los colores.
Decidme qué es la oscuridad.


[Traducción al castellano de Elzbieta Bortkiewicz]

miércoles, 23 de febrero de 2011

Nuevo "Ex Libris"


Pocas revistas de poesía sobreviven al segundo número. Que sean capaces de sobrevivir once años es ya un milagro. "Ex Libris", desde la Universidad de Alicante y de la sabia mano de Luis Bagué, lo hace. En este nº 11 aparecen poemas inéditos (o recientemente publicados) de Javier Lostalé, Eduardo Chirinos, Amalia Bautista, Manuel Vilas, Josefa Parra, José Luis Piquero, Jorge de Arco, Rafael-José Díaz, Natalia Carbajosa, Gracia Morales, Jesús Ponce Cárdenas, Luis Artigue, Juan Antonio Bernier, Joaquín Juan Penalva, Joaquín Pérez Azaústre, Ariadna G. García, Luis Bagué Quílez, Julián Calderón Romero, Rafael Escobar Sánchez, Erika Martínez, Rubén Martín y Connie Marchante Sáez. "Ex Libris" nº 11 cierra con una selección de reseñas y entrevistas a Rolando Rosas Galicia y a Francisca Aguirre. Por mi parte, me complace colaborar con dos modestos poemas inéditos. Bon appetit.

sábado, 19 de febrero de 2011

Cita con Charles Wright

El buen escritor es como el viento que mece la hierba en la pradera.
Pliega las palabras a su voluntad
y nunca se deja ver en ellas.

viernes, 18 de febrero de 2011

La Casa Roja

El huracán Mestre, de paso ayer por Zaragoza dejando un balance de un buen puñado de amigos y letraheridos, tuvo a bien dedicarme con su arte y su complicidad uno de sus libros, La Casa Roja (Calambur, Madrid, 2008). Se lo agradezco desde aquí. Juan Carlos Mestre pintó con vino de Muzares y acuarelas y firmó una dedicatoria entrañable y cálida. El libro es desde hoy algo más que un libro.

Más recatado, Antonio Méndez Rubio no trajo caja de pinturas; pero, como Juan Carlos, estuvo brillante y coherente.

martes, 15 de febrero de 2011

Reseña de "Adulto extranjero" (Martín López-Vega)


MUSEO INTERIOR

Claude Roy, poeta que siempre ha contado con el beneplácito del Martín López-Vega lector y muy a menudo con la complicidad del Martín López-Vega poeta (en el poema inaugural de Adulto extranjero incluso comparten unas cervezas), escribió que “el arte, antes de ser un placer, es una artimaña de guerra contra la muerte”. Nada que objetar a tal aseveración. ¿Qué es un museo sino una artimaña, un desesperado intento del hombre de preservar su memoria contra esa clase de muerte –no por callada menos dolorosa- que es el olvido?

En un intento de sortear esa fatalidad, la poesía de Martín López-Vega siempre ha sido (y es) un ejercicio de memorabilia sentimental teñida de un indiscutible halo metafísico, un recorrido por esos intimistas “Museos de las Heridas” -como el propio Martín los denominó en su libro anterior, Gajos (Pre-Textos, 2007)- o por esas salas de la conciencia colectiva donde se exhibe la vida humana, sus accidentes y sus incidentes, sus victorias y sus desastres.

¿Quién le iba a decir al poeta asturiano que la taquillera de uno de esos museos, tan recorridos por él a lo largo y ancho de la geografía, titularía su último libro? Pocas veces una etiqueta tan concisa y circunstancial conllevó una carga tan significativa, certera y dolorosa: la del ser humano circunscrito a las coordenadas Tiempo (Adulto) y Espacio (Extranjero).

“No viajo ya por huir de nada ni de mí, / tan sólo para poder así verme desde lejos”, dice uno de los poemas del libro. Es el suyo un viaje del entendimiento, de la comprensión de sus interioridades y de la manera de estar en el mundo. Un viaje siempre iniciático que va de la realidad más o menos determinista (“La tragedia, me repetía, no tiene mérito. Una vez / que decides algo, lo que sea, su mecanismo / se pone inexorablemente en marcha”) al deseo inaprensible: “camino siempre / de quien tengo que ser / a quien quiero ser”.

Uno cree que José Luis García Martín no exagera en absoluto cuando escribe de Martín López-Vega que “duerme con la maleta bajo la cama, siempre a punto para emprender un viaje a El Entrego, a Estrasburgo o al fin del mundo”. ¿Al fin del mundo? Esta afirmación, que pudiera pasar por mera frase hecha, o por hipérbole, no lo es tanto si tenemos en cuenta que, efectivamente, el autor lo hace (viajar “al fin del mundo”) en algunos poemas del libro: Si “D.F.” es la fotografía movida de una ciudad de México siempre al borde de un cataclismo natural o humano, “Hablan los cuerpos del Orto dei Fuggitivi” es la radiografía de una Pompeya arrasada en vida por las lavas del infierno. Pocos museos tan vívidos como éste y el de Auschwitz (“Birkenau en diciembre”) para profundizar en la tragedia que late en el fondo del destino humano. Pero ninguno tan cercano, por privado, como el fin de un mundo personal (el familiar, para ser más exactos) que refleja “Última lección”.

Esta terminación de los tiempos, esta consummatio saeculi, resulta del todo inabordable, inabarcable, si no es observada bajo el prisma de la poesía y del humor. Y ahí está “Expongo mis ideas sobre el fin del mundo” para fantasear sobre el fin del Imperio Humano de un manera tan moralmente gamberra como antropológicamente interesante. Que el poeta acuda a elementos escatológicos tan infrecuentes en la tradición poética (“heces”, “feto”, “vomitona”, etc…) no debería extrañar en absoluto si tenemos en cuenta que ésta, la escatología, debe comprenderse desde su acepción filosófica-religiosa además de la puramente fisiológica, puesto que escatología es también el estado de las cosas últimas del mundo y del hombre, del destino de la humanidad y del universo.

Es el humor puntual en algunos poemas, en efecto, una de las novedades que trae bajo el brazo este Adulto extranjero. Resulta algo chocante que éste no hubiera asomado antes con la decisión provocadora con que lo hace en poemas como en el citado “Expongo mis ideas sobre el fin del mundo” o en los dos que forman ese zapping bizarro, esa reductio ad absurdum que termina siendo “Leyendo el periódico en voz alta”: titulares de prensa que el autor, mediante el collage y la enumeración caótica –como un Robert L. Ripley puesto al día-, ha ido acumulando y coleccionando para su personal museo de lo descacharrante y de lo increíble. ¿Qué pensaría el filósofo Theodor W. Adorno de un titular tan definitivo como “Auschwitz necesita reformas”, él que consideraba que escribir poesía después del Holocausto era poco menos que un acto de barbarie?

Gusta en estos casos Martín López-Vega, como si jugara traviesamente con ese personal Aparelho Metafísico de Meditaçao que es la propia poesía, de dar cuenta del sinsentido de la vida cuando no de deconstruir, de subvertir el orden de las cosas. Pero en la mayoría de las ocasiones persigue denodadamente todo lo contrario: un centro di gravità permanente, un estado de armonía que permita reconciliarlo con el mundo, este mundo tan eminentemente material (“¡Alma! Menuda palabra / en el siglo del cuerpo”) en un tiempo “tan vulgar, alérgico a cualquier épica”.

Esto parece alcanzarlo en epifanías como “La Toilette” y en esos relámpagos de felicidad –casi siempre por vía de la experiencia amorosa- bajo los que el mundo parece estar bien hecho (“Sí / Creo en el Instante todopoderoso / Ese en el que no hay antónimo para / eudaimonía / kakodaimonía / atychía / athliotés”) y donde la parte del yo encaja en el todo como una pieza más.

Son estos poemas reconstrucción de uno mismo y de cuanto le rodea (como esas “Instrucciones para la elaboración de colores para la pintura” tan deudoras de aquella “receita para fazer o azul” de Nuno Júdice). Poemas (como “Contra el sentido”) que, partiendo de la experiencia vital y cotidiana, sortean con frescura el peligro de quedarse en mero asunto anecdótico para radiografiar un instante detenido en el tiempo. Textos que caminan en busca de una identidad poética (“Sítula de Vacê”) o que son en sí mismos disertaciones acerca de lo inefable en poesía (“Le métier du poète”). Poemas, al fin y al cabo, que consiguen –siquiera por un instante- ser la fe de erratas de un impreciso manual de instrucciones para entender y vivir la vida.

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ
Reseña publicada en la revista Clarín
febrero de 2011