jueves, 13 de agosto de 2009

Obra plástica de José Hernández

Los estrategas, José Hernández

José Hernández (1944) expone sus primeras obras en la "Librairie des Colonnes" de Tánger en 1962. A partir de 1964 reside y trabaja en Madrid. Desde 1980 comparte residencia y taller entre Madrid y Málaga. Se inicia en las técnicas del grabado en el año 1967. Desde entonces produce una abundante obra gráfica en la que se incluyen numerosas ediciones de libros de bibliofilia.

A su extensa labor de pintor y grabador, se añaden sus trabajos como ilustrador de libros, escenógrafo y figurinista en proyectos teatrales y cinematográficos.

Ha sido galardonado con distintos premios nacionales e internacionales en España, Alemania, Polonia, Bulgaria, Italia y Noruega. Recibe el Premio Nacional de Bellas Artes en 1981. Miembro de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid. Miembro de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Miembro Titular de la Academia Europea de las Ciencias, las Letras y las Bellas Artes de París. Recibe el Premio Nacional de Arte Gráfico de 2006.

lunes, 10 de agosto de 2009

Summer in the C.R.P.


Agosto. La mitad del país se ha marchado de vacaciones y la otra mitad, que debería estar dando el callo, ha decidido de repente afiliarse al Sindicato Obrero de las Cigarras. Y es que hace demasiado calor para esto del trabajo.

Como muchos (o algunos) ya sabrán, pertenezco a la denostada calaña de los funcionarios: Trabajo en un C.R.P. del Gobierno de Aragón, concretamente en el Área de Personal. ¿Qué es un C.R.P.? Un C.R.P. es un “Centro de Rehabilitación Psicosocial”. Un psiquiátrico. Un sanatorio mental. Un manicomio, vaya. Pero vivimos en un tiempo en el que las palabras ya no son lo que eran. Ahora todo parece más serio y más institucional (y más aséptico en este caso) si se utilizan unas siglas: vuelta a la sopa (boba) de letras. Parece que definitivamente psiquiátrico les sonaba demasiado duro, demasiado real, a las mentes bienpensantes del Departamento de Salud y Consumo y decidieron buscar algo más light, más buenrollista. Me pregunto qué pasaría si el Ayuntamiento de Zaragoza se pusiera a pensar ahora de repente y en consecuencia que “Cementerio de Torrero” suena demasiado crudo, demasiado fúnebre, y decidieran, para mayor tranquilidad de vivos y muertos, sustituir el término por “Área de descanso”. De descanso eterno, claro. Menudo alivio.

Pero a lo que iba. Cuando tengo que explicarle a alguien dónde trabajo, a menudo me encuentro con la siguiente frase del interlocutor: “Ah, pues te pega mucho”. Y es que parece ser que un psiquiátrico (perdón, un C.R.P.) es el mejor lugar posible para un poeta, razón ésta que se me sigue escapando. Por lo visto, la poesía debería abandonar las catacumbas a las que hacía referencia Octavio Paz para alcanzar por fin un espacio adecuado y mucho más cómodo: una celda acolchada (cosa que, por cierto, ni siquiera he visto por estos lares). Pero tal vez tengan razón estas personas sin necesidad de conocer siquiera este título tan ilustrativo del poeta Antonio Cisneros: Poesía, una historia de locos.

Vayamos a una de ellas.

Aunque trabajo en el Área de Personal sitiado por papeles, ordenador, máquina de escribir electrónica y un teléfono que habitualmente no para de sonar, veo de tanto en tanto a los pacientes deambular por el jardín como supervivientes apenas de un naufragio. El símil se queda corto vista la cruda realidad. Los hay de toda clase y alucinación. Está el tipo que, encorvado en ángulo de 90º grados, parece discutir con algo del suelo. Después de darle muchas vueltas al asunto, he terminado por asumir con un escalofrío que dicho paciente tiene línea directa con las hormigas, que habla con ellas. Pasa largo tiempo echándoles unas broncas colosales y he recordado, en uno de esos caprichosos cortocircuitos de la mente, esta frase de Woody Allen en boca de uno de sus personajes: "De pequeño siempre quise tener un perro, pero mis padres eran pobres y sólo pudieron comprarme una hormiga." Aquí, gracias al Gobierno de Aragón (un claro ejemplo de desarrollo social), las hormigas le salen gratis a este hombre. Unas hormigas, por otra parte, también funcionarias, preparadísimas (todas pasaron por un concurso-oposición hecho a su medida); pero que también hoy, como la mitad del país, parecen haberse afiliado al Sindicato Obrero de las Cigarras. Y es que, definitivamente, hace demasiado calor para esto del trabajo.

viernes, 7 de agosto de 2009

Cita con Woody Allen

¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? ¿Hay posibilidad de tarifa de grupo?

miércoles, 5 de agosto de 2009

"Instrucciones para dar cuerda a un reloj", una canción de Migala

En su disco Restos de un incendio (2002), los madrileños Migala incluyeron este tema con la voz del propio Julio Cortázar recitando su célebre "Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj", uno de mis poemas favoritos de siempre. Música y voz casando a la perfección:

MIGALA - Instrucciones para dar cuerda a un reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

lunes, 3 de agosto de 2009

Un poema de Bernardo Atxaga

Bernardo Atxaga


CRÓNICA PARCIAL DE LOS SETENTA

Fue cuando la vida cotidiana derramaba
Cucarachas sobre la gente sin cesar,
Y se lloraba por todas las habitaciones
Bien al estilo Snif, bien al estilo Buá;
Fue cuando se pasaba miedo y se gritaba
Si de madrugada sonaba un timbre o un tiro
Allí por el tercero A, o B, o por error.

Fue cuando nosotros, la juventud en general,
Leíamos pornografía frente a las blancas
Baldosas de los urinarios públicos
Donde, a veces, sangrábamos por la nariz;
Fue cuando el invierno se iba aproximando
Y prometía muertes, no todas ellas naturales;
Cuando en el fondo del corazón, todos deseaban
Una llamada o una carta, y yo también.

Y fue efectivamente el invierno, y hubo ocas
En el cielo volando en forma de uve doble,
Y fue el frío y la lluvia y la huelga general
En medio de una epidemia de gripe asiática;
Y recuerdo un bar que alegó razones comerciales
Para impedir la entrada a dos homosexuales;
Que los mendigos reforzaron sus casas de cartón,
Que las ardillas bajaron del bosque y atracaron
Un supermercado diciendo, Alto, Manos Arriba,
¿Dónde está la caja fuerte de las nueces?

Y después llegaron vagones llenos de silencio
Para luchar calle por calle, casa por casa,
Contra los Sustantivos, contra los Adverbios,
Y yo estuve allí, y fue terrible, qué horror;
Y los dispensarios recetaron píldoras anti,
Los bancos repartieron prospectos de colores
Con el lema de Ora, sí, pero sobre todo Labora;
Y una tarde, por fin, ella hizo una llamada
Desde muy lejos, y me pareció que sus palabras
Eran de amor y con una pizca de sabor a miel;
En aquel tiempo, cuando la vida cotidiana
Derramaba cucarachas sobre nosotros sin cesar,
Y se lloraba por todas las habitaciones,
Bien al estilo Snif, bien al estilo Buá.

sábado, 1 de agosto de 2009

"Palabras sobre palabras: 13 poetas españoles actuales"

UNA MIRADA A LA CARRETERA
por Julio Espinosa Guerra

(Fragmento de la introducción a la antología Palabras sobre palabras: 13 poetas españoles actuales, de próxima publica­ción en Ed. Santiago Iné­dito, Santiago de Chile).

Hace unos años atrás titulaba el pró­logo de la anto­logía de poesía chilena contemporánea que publiqué con la editorial Visor de Madrid como "Una mirada por el retrovisor". Se trataba, evidente­mente, de dar cuenta de una serie de poetas, con sus respectivas poéti­cas, que ya habían configurado una manera propia de decir y que se unían sino por su estilo, por el evidente desconocimiento de su crea­ción en España. Entonces citaba a Hans Magnus Enzensberger, cuando a comienzos de la década de los sesenta se atrevió a afirmar la existencia de un diálogo universal y contemporáneo en torno a la poesía moderna que, si bien pudo cumplirse, sucesos históri­cos y sociales priva­ron de su conocimiento en los países de la órbita hispanohablante.

De alguna manera, Palabras sobre palabras: 13 poetas españoles actuales, toma esa asevera­ción de Enzensberger para transformarla en realidad, pero no sola­mente con la excusa de la inmediatez ni del diálogo por el diálogo, sino también para mostrar que los poetas españoles actual­mente están mucho más cerca de un diálogo mundial con sus compañe­ros latinoamericanos y que más allá del conocimiento que se tenga de ellos, avanzan por la misma carretera, con propuestas que provienen de lecturas, cuestionamientos y un contexto mundial simila­res, aunque los antecedentes sean, en apariencia, diferentes.

I. Los antecedentes.

Los últimos años de la poesía española han estado domina­dos por lo que muchos han denominado como "poesía de la experiencia" y el crítico y profesor Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970) ha dado en llamar "poesía de la normalidad", de la cual da una excelente definición en su libro Singularidades (Bartleby, 2006) y que ahora cita­mos in extenso: “Hay una norma no escrita en la literatura española (…) por la que el camino para llegar al éxito requiere una especie de método ascético, de camino de perfección, rigurosa y colectiva­mente controlado por una pequeña serie de personas, y de cuyo seguimiento al pie de la letra depende ser recibido con todo tipo de parabienes por los mayores y aceptado dentro de los poetas del clan. Esta oligarquía está compuesta por un grupo variable de poetas que ya llega­ron, varios editores con distribución nacional y una nómina corta de críti­cos litera­rios, cuyo poder no está ni en su prestigio (…) ni en su número, sino en su presencia en suplementos culturales de los dia­rios de mayor tirada o en su profesión antologa­dora. El camino de perfección que imponen está ideado a su propio servicio, no al de los aspirantes, para que la endogamia funcione (…). Ningún poeta joven (salvo consabidas excepciones) gana hoy un premio con dota­ción económica y buena publica­ción sin someterse a esas rígidas reglas, que suponen un entendimiento tribal del oficio litera­rio.

“En concreto y en poesía, la norma establece que un joven poeta no debe de mostrar demasiada ambición. No debe contaminar la poesía con la teoría ni con otros géne­ros: el poema “filosófico” está mal visto, así como el epigrama o los textos con nombres propios y referencias demasiado metaliterarias. Es conveniente que en la metapoesía aparezca algún elemento de humor, para evitar rigidez. Si hay alguna preo­cupa­ción intelectual, debe acomodarse al estrecho patrón de la poesía mal llamada “metafísica” (…) y no excederlo. El título del poema­rio aspirante será una especie de resumen de las claves estéti­cas de la obra, para que nadie se pierda. Los poemas han de ser cortos, no más de setenta y no menos de doce versos. Debe rechazarse en lo posible el uso de los poemas en prosa. Han de cerrarse en sí mismos, presentar una clara estructura, tener una factura simbolista, terminar con un corola­rio de tipo moral, describir ambien­tes urbanos con referencias utópi­cas (en el sentido etimo­lógico de “fuera de lugar”, no muy concretables o referentes a luga­res bien conocidos por el imagina­rio del lector), situarse en entornos sociales burgueses de clase media/alta y estar arma­dos siempre en estructura cerrada, inatacable: prohibidas las ideas del flujo o torrente verbal o de conciencia, así como cualquier elemento de corte surrealista. Prohibidas las imágenes visionarias o muy bien ata­das. Más alegoría que símbolo. Se intentará hablar de los asuntos cotidianos en un tono de lenguaje coloquial, de modo que las preo­cupa­ciones habituales del lector medio queden refleja­das, en el mismo idioma mental en que éste las piensa. El contenido, la semántica poética, ha de tener rela­ción con la subjetividad del autor, que será morige­rada por los trámites al uso, creando un sujeto elocutorio ficticio, irónico, distanciado o fingidor; mejor si es todas esas cosas a la vez. Los topoi serán el sentimiento de pérdida, una melancolía digerible, un leve rechazo desencantado ante la vida, rescatando el puer senex sin extremismos catulianos ni desgarros satíri­cos, recrea­ción de la soledad y ajuste del entorno (…) a la atmósfera sentimental del texto. En general debe existir un cuidado exquisito en el uso del sentimentalismo, rechazando toda expresión exage­rada, cursi, desespe­rada, verbosa, declamatoria o suntuaria. Pocas o ninguna cita, siempre al principio del libro o de cada parte, de autores consagra­dos preferible­mente españoles (…) y excluir por completo a Celan, Valente, Bachmann, Huidobro y demás “prestidigita­dores” o “funambulistas” del verso (…). Todo el contenido del discurso será comprensible y deberá ser entendido de un solo vistazo, preferible­mente sin necesidad de relectura, sobre un razonamiento hipotético‐deductivo plano (…).

“En esta norma poética caben todas las tendencias. Sus caracteres parecen relacionarla –y así ha sido durante años– con la poesía de la experiencia, pero el círculo de mandama­ses ha crecido y ha permitido en los últimos tiempos una apertura del espectro.” (pp. 49 – 53.)

Desilusionante panorama para quienes lo han podido observar desde fuera o de una perspectiva diferente a la del poder mediático y que sin duda está detrás del desconocimiento endémico de las mejores poéti­cas latinoamericanas del fines del siglo XX, como también es responsable de la visión desola­dora del panorama hispano que se tiene en Chile y otros países latinoamericanos, como Perú y Brasil.

Pero este movimiento, que comenzó a fines de los setenta con la otra (o la nueva) sentimentalidad y que pronto se transformó para los medios en la poesía de la experiencia, ocultó a otros autores, otras lecturas, otras posibilidades que desa­rrolla­ban su trabajo a conciencia, sin aparecer en los periódi­cos y que fueron redescubiertos por los poetas más jóvenes a comienzos del nuevo siglo.

II. Los otros antecedentes.

Olvido García Valdés, Chantal Maillard, Car­los Piera, José Luis Gallero, José Miguel Ullán, Eduardo Scala, José María Parreño, Aníbal Nuñez, Francisco Pino, Julia Castillo, Pedro Casariego Córdoba, Miguel Ángel Bernat, Nacho Fernández, José Ángel Valente, Alfonso Costafreda, Claudio Rodríguez, Joan Brossa, Juan Eduardo Cirlot, Leopoldo María Panero, Sergio Gaspar, Antonio Martínez Sarrión, Aurora Luque, Miguel Casado, Juan Car­los Mestre, Esperanza López Parada, Andrés Sánchez Robayna e, indudable­mente, Antonio Gamoneda. En la lista, faltan poetas, pero todos los que están, deben estarlo. Son autores que pertenecen a un grupo sobre el que cayó un manto denso y difícil de rasgar durante gran parte de la década de los ochenta y toda la década de los noventa. Autores que no hacen ni hacían una poesía fácil, dispuestos a reflexionar sobre la palabra, a cuestionar su realidad y a posicionarse de manera heterodoxa, completando un espacio mudo de lenguaje. Autores reflexivos. Poetas de la búsqueda.

Ellos, junto a otros aquí no nombra­dos, pertenecen a un imagina­rio paralelo al del canon español de las últimas déca­das y, por ello, han pasado inadvertidos durante años no sólo para los lectores latinoamericanos sino también para los propios lectores españoles que no tuvie­ran un acceso directo a los mismos o se movie­ran en ambien­tes universita­rios. Poéti­cas de autores que van desde un imagina­rio simbolista, como Cirlot, a la poesía visual, como José Miguel Ullán y Eduardo Scala, pasando por el mal­ditismo de Panero, la posmodernidad de Maillard, la ironía de Martínez Sarrión y la esencialidad de Rodríguez, entre otras, muestran una riqueza que desconoce­mos de la poesía española contemporánea.

Es justa­mente de ellos que han bebido los autores incluidos en esta anto­logía: poetas que han puesto en duda de manera radical la norma poética española y que, por ende, pertenecen al mismo margen activo pero solapado que sus antecesores; poetas que no se han sumado a la moda de una lectura condescendiente de los poetas canóni­cos, cuestión que sí ha sucedido con gran parte de la nueva poesía del país, mayoritaria­mente antologada y que ya es parte del barbecho, los esquejes de los mismos autores, editores y críti­cos que elabora­ron el canon ante­rior, pero que inevitable­mente está siendo supe­rado por la apertura que han permitido las nuevas tecno­logías y que han logrado que el lector español conozca, por fin, las propuestas de más allá de las fronte­ras ibéri­cas, que ponen en duda la referencialidad y la mímesis lingüística del lenguaje ¿poético? predominante, tal como la tradición oculta del panorama español y tal como hacen los trece poetas aquí selecciona­dos: Marta Agudo, Marcos Canteli, Óscar Curieses, Benito del Pliego, Patricia Esteban, Ana Gorría, Jesús Jiménez Domínguez, Luis Luna, Julia Piera, Goretti Ramírez, Julio Reija, Sandra Santana y Julieta Valero.

jueves, 30 de julio de 2009

Obra plástica de Alessandro Bavari

Birsa, Re di Gomorra, guarda il proprio destino, ALESSANDRO BAVARI
Fotografia - 90,5 x 66 cm (2000)

Alessandro Bavari (1963) es pintor, grabador y fotomontador originario de Latina, pueblo costero al sur de Roma. Desde joven se fascinó con la historia del arte y comenzó a armar fotomontajes. A partir de 1993 incorporó a su trabajo artístico la manipulación digital de fotografías. Cuerpos, paisajes, flora y fauna, arquitectura, objetos, fósiles: materias primas con las que construye mundos que parecieran emanar de la pintura europea de los siglos XIV y XV.

martes, 28 de julio de 2009

Cita con George Best


En 1969 dejé las mujeres y el alcohol; fueron los peores 20 minutos de mi vida.

domingo, 26 de julio de 2009

Unas palabras para "Calor"

El poemario Calor, de Manuel Vilas, sigue de candente (y perdón por el juego de palabras) actualidad. Visto que, después de más de un año, los suplementos culturales siguen reseñándolo (Babelia, por ejemplo, se ha hecho de rogar y ha publicado su reseña este mismo mes) y visto que también el calor veraniego, bochornoso, infernal, está en pleno apogeo, no me resisto a poner aquí algunas de las palabras de presentación que tuve para el libro hace más de un año en la librería Cálamo de Zaragoza. Que ustedes lo suden bien.



Me resulta algo inoportuno intentar hablar de Calor (un libro que tiene la virtud meditada del exceso) con palabras muy moderadas. Así que por qué hacerlo. Lo mismo que los seísmos tienen sus réplicas, también los excesos piden una nueva escalada de excesos y ya sabemos que caminar por ellos conduce al palacio de la sabiduría, como aseguraba William Blake.

Calor es un libro que ha de leerse bien provisto de guantes de amianto. Es un libro que quema entre las manos, que devora y desintegra los libros vecinos de las estanterías.

Calor es el libro que inició, hace varios miles de años, el incendio de la fastuosa biblioteca de Alejandría. Fue el primer libro que sufrió de combustión espontánea en los tiempos de la Santa Inquisición española. Es la Biblia apóstata que alguien dejó olvidada una noche hace unos años en una oficina incendiada del Edificio Windsor en Madrid.

Imagino a Manuel Vilas en su casa del barrio Actur de Zaragoza, invadido por la lúcida locura del verano, escribiendo a bolígrafo, con un bolígrafo al que le hierve la tinta. Un bolígrafo que dirige hacia o contra los hombres y las cosas de los hombres y que realmente no es un bolígrafo, sino un termómetro que mide la temperatura terrorífica del mundo. 45º grados de fiebre, y subiendo. Un mundo enfermo en el que los ideales clásicos de bondad, belleza y verdad están en franca crisis, cotizando a la baja. Un cierto feísmo estético ha ensanchado el campo expresivo de la poesía. Y la suciedad, como todos sabemos, es más cálida, más ácrata y más humana que el orden, frío, déspota y aséptico.

Aunque fronterizo al desaliento, Calor es un libro lleno de vida, que nos recarga las pilas. Un libro que en su propuesta se sitúa a años luz de esa otra lírica española, rancia y marmórea, empeñada en no erigir poemas habitables para todos sino mausoleos cerrados para nadie. España ha sido (y es) un país literariamente muy conservador.

Vilas escribe una poesía atrozmente actual, libre y catártica, impetuosamente humana aun a pesar del mundo deshumanizado en el que se inscribe. Una poesía más suburbial, más poligonoindustrial que urbana. Pero es también una poesía democrática en el sentido de que es una poesía para todos, que no está escrita para una élite de críticos custodios de un hermético código de símbolos, ni dirigida a catedráticos depositarios de las contraseñas semióticas necesarias para entrar en una supuesta verdad.

En los últimos libros de Vilas, a partir de El cielo, creo ver algo en sus poemas que me a mí gusta llamar “consumismo místico”. Aquí, las nuevas catedrales de este paganismo nuevo son Carrefour, Hipercor, Eroski, Ikea. El homo viator de este siglo XXI viaja, hace turismo o simplemente se despeña por este valle de lágrimas a bordo de un Renault, un Opel o un Peugeot. Rezamos a Santo Samsung, a San Carrier, a San Fujitsu para que los vientos nos sean propicios y nos hagan más llevadero el infierno (“Aire Nuestro”, título que remite a Jorge Guillén, se llama un poema del libro que en realidad es un padrenuestro pagano).

La vida de un hombre es la vida neumática de todos sus coches, la existencia doméstica de todos sus aparatos de aire acondicionado. Todo son marcas (y materialismo y dinero para quemar) porque el mundo es un enorme escaparate a escala natural. Y una de las virtudes de este libro es que ese escaparate descomunal cabe en apenas 60 páginas.

Internet y televisión nos acercan a dos palmos de los ojos los grandes fastos nacionales, el cambio climático, los desastres del Sida, las guerras y el dolor ajeno. La realidad, se nos dice, tiene una resolución de cinco millones de megapixels. Somos carne de píxel, queramos o no.

El poema en prosa es la modernidad, la libertad. Así lo intuyó quizás Baudelaire. Así lo sabe Manuel Vilas cuando asegura que un soneto, escrito hoy, es como un pasodoble y que un poema en prosa podría ser como “Sweet Jane”.

Desde los griegos antiguos hasta el Bowie glam de “Changes” siempre se ha dicho que los tiempos estaban cambiando. Una verdad de perogrullo, por supuesto. Yo puntualizaría hoy que son los géneros los que están mutando en la literatura española actual y este libro, desde esa perspectiva, puede enseñarnos muchas cosas. Ya lo decían, proféticos, Radio Futura: Ven a la escuela de "Calor".

viernes, 24 de julio de 2009

Hoja de cálculo maya



Según parece, esta es la única Hoja de Cálculo que usaban los mayas: la Excel 600 (año 600 antes de Cristo, claro).

Con este método, calcular una hipoteca implica tener conocimientos de dibujo técnico, vaya.