martes, 14 de julio de 2009

Los relojes del British Bar de Lisboa (traducción al portugués)

Interior del "British Bar", en Lisboa


OS RELÓGIOS DO BRITISH BAR DE LISBOA

No British Bar os ponteiros dos relógios giram ao contrário
e Lisboa inteira se submerge como um nadador
que se aventurara de noite contra a corrente.
No British Bar um excesso de álcool e de tristeza
(esse clima triste que todos absorvem ou amortalham)
rebobina o sangue nas veias e no final, algo bêbado,
pedes a conta como quem coloca grades à sede.
E vês o empregado acudir e encalhar em suas saudades
porque não se enquadram os números da fatalidade:
o tempo se lhe enreda sem remédio entre os dedos.

E sais, saio do British Bar e como por magia
me encontro de repente numa rua desconhecida
com cinquenta, cem anos menos e o mundo mudou
o mesmo acontece com os olhos que vêem passar o rio.
Os eléctricos retrocedem a um passado lento de carroças,
os plátanos minguam até serem semente ou sílabas de luz,
a chuva se levanta das poças para cair até acima
e os beijos voltam às suas bocas, e os poemas ao silêncio,
como no princípio do mundo antes de ser mundo.

E volto sobre os meus passos até ao bairro de Alfama
com as roupas folgadas como os adjectivos excessivos.
Pelo caminho corro e perco os sapatos, tropeço.
Entro na casa recôndita e ao fundo do tempo,
sobre os azulejos degradados de outra época
estão os relógios a arder, o fumo voltando para a chama
e minha mãe recordando as passagens das nossas vidas
para me dizer num português desdentado de 1755:
“Agarra-te, meu filho, às asas da manhã;
agora vamos entrar no terramoto”.


Victor Reis, desde Charneca da Caparica, en Almada (Portugal), ha realizado esta traducción libre (pero bastante fiel) del poema "Los relojes del British Bar de Lisboa", perteneciente a mi libro Fundido en negro (DVD, 2007). Desde aquí le doy las gracias: obrigado, Victor. Para los que no dominen bien la lengua portuguesa (como es también mi caso) y no conozcan el original en castellano, aquí está:


LOS RELOJES DEL BRITISH BAR DE LISBOA

En el British Bar los relojes giran al contrario
y Lisboa entera se sumerge como un nadador
que se aventurara de noche contra la corriente.
En el British Bar un exceso de alcohol y de tristeza
(ese clima mustio que aquí todo lo esponja o amortaja)
rebobina la sangre en las venas y al final, algo mareado,
pides la cuenta como quien pone cercas a la sed.
Y ves al camarero acudir y encallar en sus saudades
porque no le cuadran los números de la fatalidad:
El tiempo se le enreda sin remedio entre los dedos.

Y sales, salgo del British Bar como de una magia
y me hallo de repente en una calle desconocida
con cincuenta, cien años menos y el mundo cambiado
lo mismo que cambian los ojos de quien ve pasar un río.
Los tranvías retroceden a un pasado lento de calesas,
los plataneros menguan hasta ser semillas o sílabas de luz,
la lluvia se levanta de los charcos para caer hacia arriba
y los besos vuelven a sus bocas, y los poemas al silencio,
como al principio del mundo antes de ser mundo.

Y vuelvo sobre mis pasos hasta el barrio de Alfama
con las ropas holgadas como adjetivos excesivos.
Por el camino corro y pierdo los zapatos, me tropiezo.
Entro en la casa recóndita y al fondo del tiempo,
sobre los azulejos arruinados de otra época,
están los relojes ardiendo, el humo volviendo sobre la llama
y mi madre destejiendo los puntos de nuestras vidas
para decirme en un portugués desdentado de 1755:
“Agárrate, hijo mío, a las asas de la mañana;
ahora vamos a entrar en el terremoto”.


lunes, 13 de julio de 2009

Cita con Salvador Dalí


El problema de la juventud de hoy es que yo no formo parte de ella.

sábado, 11 de julio de 2009

Ayvelar17

Revista literaria Ayvelar, nº 17
Portada: Vidal Palazón

Si editar libros de poesía es toda una hazaña hoy día, la edición de revistas lo es más todavía. Acaba de salir a la luz el nº 17 de la revista "Ayvelar", dirigida incansablemente y desde Albacete por el poeta Julián Cañizares Mata (quien este año publicó también el libro de poesía Sustituir estar, DVD Ediciones).

Este número está enteramente dedicado a la poesía. "Ayvelar" ha conseguido reunir aquí poemas inéditos de firmas conocidas como Vicente Luis Mora, Vanesa Pérez-Sauquillo, Juan Andrés García Román, Agustín Fernández Mallo, Alberto Santamaría, Javier Moreno, Andrés Neuman, Jorge Riechmann, Marco Antonio Raya, Marcos Canteli, Antonio Méndez Rubio, Mario Cuenca Sandoval, Pablo García Casado, Julieta Valero, Juan Manuel Macías, Sergio Gaspar, David González y un largo etcétera.

En lo personal, me cabe la satisfacción de ser vecino de página de Joan Margarit y colaborar en la revista con un poema inédito: "Las luces de Messina".

Abren este nº 17 dos reflexiones, tan interesantes como atinadas, de la poesía. La primera de Paul Lauder ("De los poetas sin silla") y la segunda de Vicente Luis Mora ("Eisenman o la ausencia real. Fragmentos sobre poesía, espacio y vacío"). Las ilustraciones, impecables, corren a cargo de Alicia Gómez Molina y Pedro Tornero.

jueves, 9 de julio de 2009

Un poema de Ángel Gracia

SERGIO ALGORA. Graffiti aparecido en Santander el año pasado

SERGE

Unido a la mañana
por la arteria abierta,
dando al día claridad
de lago, calma de condenado.

Tus rojos estigmas
son aullido de dios,
tus manos cortadas
ofrenda y caricia.

martes, 7 de julio de 2009

Breve panorama de la poesía actual en Aragón

por PABLO LORENTE MUÑOZ

En septiembre de 2006, David Mayor publicaba el texto que tomaremos como punto de referencia: “Una pila de libros. Últimos y penúltimos poetas aragoneses”. Dos años y medio después, ha parecido conveniente revisar la producción poética en Aragón.

Una de las novedades es que cualquiera que se interese por la poesía, puede consultar en internet un amplio catálogo interactivo de datos y voces. Gracias al apoyo del Gobierno de Aragón y a la infatigable labor del poeta Daniel Rabanaque, ha surgido http://www.laorejalectora.org/.

Tampoco han faltado las noticias tristes: ya no están con nosotros Sergio Algora, Ana María Navales o Vicente Pascual.

El estado de salud de la poesía en Aragón es bueno, no faltan las presentaciones ni los recitales, sobre todo en el lugar que más conozco, que es Zaragoza. Prueba de este buen estado sería que autores con una cierta trayectoria logran traspasar los márgenes de nuestra Comunidad, por ejemplo, ganando premios de gran relevancia, como Jesús Jiménez Domínguez (Premio Hermanos Argensola 2007 con Fundido en negro), Ángel Petisme (Premio Claudio Rodríguez 2008 con Cinta Transportadora) o Manuel Vilas (Premio Fray Luis de León 2008 con Calor). En este apartado, destaca también el cubano afincado en Zaragoza, Dolan Mor, ganador entre otros, del Premio Barcarola de Poesía 2009 con La novia de Wittgenstein.

Por otro lado, autores con una larga carrera poética han publicado nuevos poemarios especialmente atractivos; destaca El pájaro y la piedra de Mariano Castro (PUZ, 2009), Humus de Alfredo Saldaña (Eclipsados), Infiel a los disfraces de Fernando Sanmartín (Centro cultural Generación del 27, 2008) o En las orillas del cielo de José Verón Gormaz (Tropo, 2007).

Debemos mencionar también a otros poetas sobresalientes que, en el periodo que nos ocupa, no han publicado poesía, muchos de ellos han explorado otros territorios en estos tiempos: investigación, prosa, colaboraciones musicales… sería el caso, entre otros, de Antonio Ansón, Manuel Martínez Forega, Emilio Pedro Gómez, Ángel Gracia, José Luis Gracia Mosteo, Ángel Guinda, Federico Jiménez Losantos, José Antonio Labordeta, David Mayor, Alberto Montaner Frutos, Elena Pallarés, Antonio Pérez Morte, Joaquín Sánchez Vallés, Gabriel Sopeña o Rosendo Tello.

En otros casos, autores con algún libro ya en el mercado han continuado su labor, publicando nuevas obras, invitado queda el lector a su descubrimiento: Javier Barreiro (Lobotomía, Renacimiento, 2009); José Antonio Conde (La diferencia que cubre la trampa, Cuadernos Cálamo Gesto, 2008), Julio Donoso (El estupor, Eclipsados, 2008); Octavio Gómez Milián (Nada mejor para esta noche, Olifante, 2008); José Luis Gracia Mosteo (Y ahora tú pasas la mano osadamente, Huerga y Fierro, 2007); Miguel Ángel Longás (El suelo por las nubes, Eclipsados, 2008); Pablo Lópiz (Cuaderno de sublevaciones, Eclipsados, 2008); el chileno-español Rolando Mix (Tras la palabra, DPZ, 2008); Miguel Ángel Ortiz Albero (Algunas palabras para las desapariciones, Eclipsados, 2008); Pilar Peris (El vasto susurro de las imágenes, DPZ, 2007); Puritani (Antes que el cáncer me alcance, Eclipsados, 2008); Emilio Quintanilla (Devórame otra vez, Cultiva, 2008); José Luis Rodríguez García (El coleccionista de láminas, Mira, 2007); Francisco Javier Sanz (Immanere, Aqua, 2009); Miguel Serrano Larraz (La sección rítmica, Aqua, 2007); Ángel Sobreviela (Epístola desde Cimeria, Huerga y Fierro, 2008); Enrique Villagrasa (Paisajes, Baile del Sol, 2007) o Miguel Ángel Yusta (Teoría de luz, Unaluna, 2008).

Del catálogo de nombres expuestos en la antología Ocultación Transitoria (Rolde, 2006) que citaba en su texto David Mayor, una buena parte de los autores allí incluidos han publicado en fechas recientes, señal de acierto en la selección. De Brenda Ascoz se ha editado Ecorché (Eclipsados, 2009); Ignacio Escuín continúa con su compromiso con la literatura, su último poemario es Americana (Leteo, 2007); Raúl García ha publicado su segunda obra, Mula de carga (4 de agosto, 2008); Jesús Soria Caro ganó el Premio Delegación del Gobierno en Aragón del año 2008 con The End; Nacho Tajahuerce mereció el segundo accésit del mismo premio con Manual de Oficios; Almudena Vidorreta ha sido premiada este año con el segundo accésit del Premio Delegación del Gobierno con un interesante libro que prueba la evolución de su obra, Algunos hombres insaciables (Aqua, 2009). Además, parte de la obra de Brenda Ascoz, Almudena Vidorreta y Carmen Ruiz Fleta (Cinco días en agosto, Eclipsados, 2008) ha sido justamente seleccionada por su originalidad, para formar parte de la antología de poesía realizada por mujeres 23 pandoras (Baile del Sol, 2009).

En este periodo de tiempo, nuevos autores han hecho su aparición en el panorama poético, como Fernando Aínsa (Aprendizajes tardíos, Renacimiento, 2007); Juan Marqués (Un tiempo libre, La Veleta, 2008); Ana Muñoz (Solo para la noche, Lola Editorial, 2009); Fernando Sarría (El error de las hormigas, Eclipsados, 2008). Una de las voces más originales de los últimos tiempos es la de Mario Hinojosa con Báratro (Eclipsados, 2009). Como autor inédito destaca la obra de Antonio Albero Sáenz de Navarrete -me gustaría encontrar un día su libro publicado- o la de los hispanoamericanos vecinos ya nuestros, Eduardo Fariña y Diego Palmath.

Como hemos visto, muchas de las obras de autores aragoneses tienen vida gracias a los premios o a las editoriales que apuestan por la poesía en nuestra tierra, sobre todo Eclipsados, Lola Editorial, Olifante y PUZ, sin ellos nada de todo esto sería posible. Seguro que mucho se queda en el tintero, y además, quizás hoy alguien se anime a acudir a un taller de escritura, o tomará prestado en una biblioteca un ejemplar de poesía -con suerte hasta lo compre-, a lo mejor un profesor les enseñe a los niños la belleza de la poesía y alguno de los alumnos escuche. Seguro que dentro de poco, se hablará también de ellos en otro escrito, y será una buena noticia.

PABLO LORENTE MUÑOZ
[Imán, revista de la Asociación Aragonesa de Escritores,
nº1, junio 2009, pág. 36-37].

domingo, 5 de julio de 2009

viernes, 3 de julio de 2009

Cita con Gabriel García Márquez

El día que la mierda tenga algún valor, los pobres nacerán sin culo.

miércoles, 1 de julio de 2009

Entrevista para la revista "Oniria", por Raúl Quinto


1. Su primer libro fue Diario de la anemia-Fermentaciones que apareció en 2000. En él asistíamos a una alucinógena sucesión de imágenes muy marcadas por Gamoneda y el Surrealismo más extremo. Era algo así como un canto a la ebriedad desde el propio lenguaje ebrio. Fundido en negro presenta una poesía más comedida aunque muy cargada también de imágenes, pero el elemento que sustenta todo el libro parece ser un culturalismo también ebrio. ¿Qué nexos unifican su obra? ¿Siguen siendo válidas las formas del surrealismo en pleno siglo XXI?


Tomándole prestado el título a Claudio Rodríguez, la poesía siempre me ha parecido ese “don de la ebriedad”, ese estado de entusiasmo y de rapto que permite asombrarnos frente al mundo.

Diario de la anemia y Fermentaciones sí tenían en lo visual, efectivamente, influencias del Gamoneda de Descripción de la mentira, pero también de otras obras como Báculo de Babel de Blanca Andreu. Y como estos libros, pienso que Diario de la anemia tenía un componente que acercaba el poema a una especie de misticismo de la palabra, a un querer acceder a esa materialidad íntima y excelsa de la palabra, pero curiosamente por la vía del exceso. Ese surrealismo que señalas, en realidad creo que deviene de algo que ya Derrida había señalado: “Toda asociación, toda lógica no se reduce a la asociación y a la lógica prescritas por los encadenamientos conceptuales y semánticos en un contexto reglado por el querer decir”. En mi caso, ese querer decir no conllevaba un control férreo, puesto que estaba instalado en la sospecha de que finalmente el poema, de alguna manera, siempre sabe más que quien lo escribe.

Esto cambia en Fundido en negro. Han pasado siete años entre la publicación de ambos libros y el resultado es otro tipo de embriaguez más controlada. “A ratos el silencio se me sube a la palabra y me embriago de sobriedad”, escribo precisamente en un poema. Ahora bien, hablar de surrealismo en Fundido en negro creo que es pillarse los dedos con una puerta demasiado grande. Existe en el libro una imagen muy plástica fruto de relaciones entre las palabras hasta cierto punto inesperadas, pero en la mayoría de las veces desde la racionalidad.

El surrealismo ensanchó las posibilidades de la percepción y la expresión, rompió el corsé de lo racional y supuso una revolución, qué duda cabe. Pero el surrealismo ya existía antes del siglo XX, no lo olvidemos: ya estaba en pintura con El Bosco y Goya, por ejemplo. Así que esa irracionalidad, aquella que soterradamente nos acerca al primitivismo animal, sigue siendo válida porque es un componente inherente del ser humano, como los sueños y el misterio. No entiendo la poesía sin su dosis de misterio.

2. Desde el mismo título, el libro está plagado de referencias al mundo de la noche y las sombras. Así parece sobrevolar la idea de que las palabras, igual que dichas sombras, mantienen una vida independiente de la realidad que proyectan. ¿Es el lenguaje, la poesía en suma, una fantasmagoría? ¿Por qué esa insistencia en lo oscuro?

Entre las manifestaciones naturales que el hombre ha sabido convertir en símbolos, pocas son tan ricas en significados como la de la sombra. Y seguramente la sombra, junto con el reflejo en el agua, fue la más antigua imagen que el hombre contempló de sí mismo. Ya aparece en el episodio de la caverna de Platón. “En la sombra de un hombre que camina hay más enigmas que en todas las religiones del mundo”, escribió Vita Sackville-West.

Indudablemente, sí existe en varios poemas la idea de que las palabras (lo mismo que las sombras) asedian a las cosas sin lograr jamás entrar en ellas, sin llegar a comprenderlas; lo que otorga a la poesía (y, por extensión, a la palabra) una aureola de fracaso. Y me gusta llamarlo así: aureola de fracaso.

En otros poemas del libro, como “Deslumbramiento de las sombras”, estas sombras (“embajadas de la noche en el país del día”, como las denomino) parecen mantener una vida autónoma. A ratos aparecen como etiquetas oscuras (y hay que entender este adjetivo en todas sus acepciones) que alguien cosió a las cosas y que pueden despegarse de un momento a otro.

3. Por su libro circulan multitud de personajes y referencias culturales que parecen tener como hilo conductor las distintas formas del Romanticismo y la figura del artista maldito, desde Keats, Shelley pasando por Rimbaud, Antonin Artaud o los más recientes Pizarnik y Leopoldo María Panero; igualmente en sus referencias musicales: Syd Barrett, Jeff Buckley, la Velvet… ¿Qué hay detrás de todos esos nombres? ¿Es posible el malditismo en nuestro tiempo? Comente cómo sitúa su obra en relación a todo lo expuesto aquí.

El malditismo mal entendido es hoy una pose, un postizo. Se ha convertido en una caricatura del romanticismo. Pero el malditismo existe y pervive en el preciso instante en que alguien es incapaz de aceptar la vida tal y como la sociedad de su momento la entiende. Entonces la vida acaba marginándolo y la sociedad maldiciendo su obra, “esas raspaduras del alma que el hombre normal no acoge”, como dice Leopoldo María Panero.

Estéticamente, siempre me han atraído más los antihéroes que los héroes, los ángeles caídos más que los que ascienden al podium. Existe una épica del perdedor que sustituyó a la épica del héroe antiguo y es la que a mí me interesa para contar la predestinación del ser humano. Superman acabó en silla de ruedas. ¿Existe algo más desoladamente poético que esa imagen y ese destino?

4. Además de esas referencias a la cultura occidental también hay lugar para Oriente, con una sección de poemas que nos recuerdan el orientalismo de Ezra Pound. ¿Cómo conjuga el ahondamiento en algunos referentes de la modernidad occidental con ese juego de máscaras orientales?

Ciertamente, “La cepa que asciende hacia la luz” es la parte del libro más orientalizada, pero también la más luminosa dentro de sus posibilidades. Creo que, con tanta oscuridad, el libro necesitaba un contrapeso, algo que hablara de la oscuridad pero desde la luz, pues no se da lo uno sin lo otro. Eso me lo dan los poetas chinos, el paisaje, Hokusai, la sabiduría zen. Es como si en una parte del libro (occidente) fuera de noche mientras, en el mismo momento, en esta parte (que es oriente) empezara a amanecer. “La cepa que asciende hacia la luz” es como ese reducto de luz, esa cerilla que me permite salir a la noche para precisamente contemplar ese imperio de oscuridad en el que andamos perdidos.

5. Por último, destaca en Fundido en negro la mezcla de registros, incluso en un mismo poema: ironía, narratividad, poesía descarnada, explosión de imágenes, profundidad de ideas, etc. ¿Cómo afronta y entiende la escritura Jesús Jiménez Domínguez? ¿Qué le interesa de aquello que lee y de aquello que escribe?

Entiendo cada poema como una entidad autónoma dentro de Fundido en negro. Así que el libro podría ser como un raro archipiélago compuesto por islas con diferentes climas, flora y fauna. Puedes viajar de una a otra isla o quedarte a vivir para siempre en una de ellas. Tú eliges. Creo que eso es una virtud del libro y que yo, como lector, trato de encontrar en otros. No es de extrañar entonces que cada poema tenga su propio registro, su propio microclima: desde el intimismo y la mesura de algunas composiciones hasta la sinestesia alucinada de otros poemas con referentes psicodélicos.

El libro no lo escribí pensando en un hilo conductor, aunque había temas afines en todos sus poemas y que afloraban en la escritura continuamente. Yo había cincelado los poemas como si fueran las cuentas de un collar. Cuando las tuve todas, aun siendo diferentes, comprendí que podía agujerearlas e introducir ese hilo conductor para unirlas. Así que el sentido final del libro se me fue apareciendo él solo poco a poco.

Se me asocia enseguida a un tipo de poesía muy visual, es cierto. Me interesan los poetas que “escriben con los ojos”. Me interesa la poesía que busca el doble sentido a las cosas, ese lenguaje secreto que vive soterrado en todas ellas. Para mí eso es la poesía. Me gustan los poemas que trazan perspectivas diferentes a las habituales, aquellos poemas que ofrecen juegos, ya sean de pensamiento o visuales. Algo así como intentar descubrir esas formas que se ocultan en ciertas pinturas de Dalí.

Si no llevo puestas las lentillas, como miope que soy, tengo que acercarme mucho a las cosas para verlas mejor e intentar no tropezar con ellas. ¿Es esto una poética?

martes, 30 de junio de 2009

Presentaciones de libros


EXTRAÍDO DEL DIARIO DE JACQUES DUPRÉE

Reticente siempre a las reuniones sociales, me veo sin embargo en el compromiso ineludible de tener que presentar mi último libro de poemas en la librería Parage de París. La librería Parage está cerca de Père Lachaise, y hace pared con un taller de fabricación de ataúdes; de manera que cada dos por tres se escucha el trajín estruendoso de los carpinteros: los martillazos, las braceras eléctricas, las lijadoras. Cuando me veo en el incómodo trance de tener que hablar de mí y de mi libro (algo que por mi natural pudor evito) es inútil: el ruido del taller de ataúdes ahoga, una a una, todas mis palabras. Es el primer aviso, la primera alegoría: la muerte ha de sepultar la memoria y la palabra de los hombres.

Tengo mi libro entre las manos y gesticulo como un energúmeno. Nadie puede oírme. Sin embargo, algunas personas de la primera fila ponen cara de atención y asienten a cada rato como si en verdad siguieran perfectamente mis explicaciones, lo que a las claras es imposible. Esto me sorprende y además, por qué no decirlo, me irrita en lo más íntimo. Opto finalmente por el silencio, única actitud heroica y sabia en verdad. El silencio es la gran lección maestra que la muerte nos tiene reservada. Permanecemos así, bajo el estruendo del taller contiguo, durante bastantes minutos. Tal vez un cuarto de hora. Nadie se va, nadie dice nada, nadie hace nada. He estado hablando en vano, al parecer, para una concurrencia de estatuas de cera o de muertos vivientes. En el local contiguo los martillazos siguen produciéndose como una larga letanía. Es todo un sistema organizado de golpes, como dotado de una sintaxis y de una resonancia rítmica admirables. Pienso por un momento que los distintos artesanos del gremio funerario se comunican secretamente e imagino que los martillos charlan acerca de mí. Está claro: en el taller de ataúdes fabrican cajas a medida para toda la poesía que nadie lee, para todas las palabras nunca oídas porque nunca se dijeron. Los pequeños féretros acogen a los libros desahuciados por el olvido o la incomprensión. Son como las cajas negras de los aviones. Hay libros que perecen en la primera página y hay libros que tienen una lenta agonía. Y existen libros que con sólo tocarlos se deshacen entre las manos como pescados muertos. O como nieve en verano. He ahí sin embargo toda la belleza de la poesía: su fragilidad. De noche una furgoneta furtiva pasa por las librerías y las bibliotecas municipales a recoger los libros fallecidos. Los ataúdes de la poesía deben enterrarse a gran profundidad. Es una medida higiénica. De lo contrario se corre el peligro de sucumbir a una pandemia lírica de consecuencias apocalípticas: Familias, poblaciones enteras atacadas por el virus mortal del soneto con estrambote. Naciones rimando en endecasílabos por la calle. No quiero ni pensarlo.

En el taller de ataúdes, seguro, están acabando de fabricar la caja para mi propio libro. Tal vez sólo esté hecha de pino de segunda clase, y puede que ni siquiera tenga el interior forrado de satén rojo. Y tal vez tenga una placa que, a modo de epitafio o instrucción, diga algo como: “Romper en caso de insomnio”.

A una señal doy por finalizada la presentación sin poder haber comunicado una sola palabra a los asistentes. Todos aplauden, me estrechan la mano, la espalda me palmean. Un desconocido me grita enigmáticamente al oído: “Su libro tiene quince erres de más”. No entiendo bien lo que quiere decir con eso de las erres. Antes de salir de la librería Parage hojeo una rara edición del Libro de las horas de Rainer Maria Rilke. Descubro maravillado que un insecto ha perforado las cubiertas y excavado una galería hasta el corazón mismo del volumen. Pronto el insecto acabará de leer a Rilke y subrayará así, con su trayectoria de proyectil incendiado, lo que el hombre escribió.

Es la hora de las fermentaciones. Salgo de Parage y entro en el taller de ataúdes con unas botellas de vino que abro a la salud de los carpinteros. Acabo sincerándome. Les agradezco todo el escándalo de los martillazos y les invito a futuras presentaciones de otros libros míos (que a buen seguro escribiré con el torpe propósito de manchar el silencio) para que sigan martilleando donde quiera que yo vaya, para que no me dejen hablar y decir lo que no debe decirse. La poesía no debiera presentarse porque está siempre presente. Pese a todo y pese a la nada. En el taller brindamos y manchamos de vino y baba el trabajo de meses. Ya borrachos, nos arrodillamos y rezamos por Rilke, por su insecto devorador de páginas, por mi libro expuesto en los escaparates de París como una lápida ya vieja. Fuera llueve y los hombres abren sus paraguas. Pronto saldré a la noche para acariciar con mis dedos esos paraguas negros, esa lencería de la muerte que el otoño dispone.


[Qué recuerdos. Leí este pequeño texto impostor en la librería Antígona de Zaragoza hace ya... ¡casi diez años! Era la presentación de mi libro de poemas Diario de la anemia/Fermentaciones (Olifante, Zaragoza, 2000). Aquella tarde no me apetecía nada hablar de mi libro y una hora antes me había inventado este texto y a este Jacques Duprée inexistente para que dijeran por mí lo que yo pensaba por aquel entonces de las presentaciones de libros. Como el texto lo había escrito deprisa (y además era mi primer libro y mi primera presentación y lógicamente había nervios), leí con mucha inseguridad. Al término, el Sr. X, crítico literario de la ciudad, se me acercó y me dijo: "Se notaba mucho que estabas traduciendo a Jacques Duprée directamente del francés". Por supuesto, no pude sino asentir].

domingo, 28 de junio de 2009

El juego infinito de las afinidades, según Roberto Miranda

AUTORES: María Buil-Ismael Grasa; Enrique Larroy-Manuel Vilas; Fernando Sinaga-Jesús Jiménez Domínguez; Gonzalo Tena-Alejandro J. Ratia; Lina Vila-Félix Romeo.
LUGAR: Galería Aragonesa del Arte (c/ Fita, 19).
FECHA: Hasta el 17 de julio.


Mirando las Perlas de imitación de Enrique Larroy, uno se agarra a los recortes de colores que se interponen ante ese cielo constelado que nos infunde vértigo cósmico. Pero la exposición de cuadros va vinculada a textos de escritores. Y Manuel Vilas revela que lo que Larroy representa son partículas cuánticas. Otro abismo en la misma dirección, pero en sentido contrario, y el vértigo tan divertido como el de la montaña rusa: "desaparece el mundo, y qué bien, tío, qué bien que se vaya el mundo", y siente "la llegada de la alegría universal, el tiempo de la materia libre".

María Buil muestra en su Pintura para conjurar un prejuicio, el descaro de pintar un cuadro: lo hermoso (florero); lo no hermoso (zapatilla); lo cercano (butifarra 1 y 2), la magia de traer algo a la existencia convertido en representación, en símbolo, en tabú. La miel que se desparrama fuera del frasco ya es otra cosa. Ismael Grasa elige el cerdo "como símbolo de libertad cotidiana" y apela a la tolerancia religiosa, a la mesa y a su cercanía a nosotros ("esa piel y esa carne rosada, sus gritos casi humanos al ser degollados...".

El Diario de León Bloy sirve a Gonzalo Tena para desplegar 20 piezas que se pueden tocar y a las que Alejandro J. Ratia describe: "Un mismo esquema en todas ellas: un trazo central, de arriba a abajo, y trazos cortos laterales, alternos, que salen de él como las espinas de un cactus" y tras elucubrar sobre las citas de la Biblia acerca de los ricos y de la puerta estrecha, declara: "sus razones tendrá Gonzalo Tena para haber cogido el camino más áspero. Esos tallos, cada cual con su frase del diario ("Buena jornada de trabajo", "Domingo triste"...) son los días que pasan, tan iguales y diferentes, alegres o complicados, en fila, en dirección a la muerte.

Fernando Sinaga ofrece cuatro aguafuertes enmarañados que, en realidad, es uno solo en las cuatro posiciones ortogonales del cuadrado en el sentido del reloj. A Jesús Jiménez Domínguez le llevan a pensar en los desconchados, en los lamparones de humedad. Y encadena con la grieta descubierta en un burdel de Lisboa: "¿Es del terremoto de 1775?" pregunta, divertido. Y ella: "No. Es del terremoto de anoche. Fuerza ocho en la escala de Amalia".

Lina Vila evoca a su padre. Ella por detrás le abraza, y las dos figuras desde la pared tienen la misma mirada: el dolor verdadero de la pérdida: "Te oculta un bosque entero", qué metáfora de la muerte. Y la sabina de Villamayor en un atardecer lleno de pájaros que velan las cenizas, se ilumina de recuerdos, que Félix Romeo va enumerando como las Coplas de Manrique: "Sé que le gustaba la flor del azafrán... y los olivos, y los laureles... sé que le gustaban las películas del Oeste, escribir a mano... y conducir su furgoneta...".

Roberto Miranda en El Periódico de Aragón, 28-06-2009